Matar el tiempo

Matar el tiempo

De Grecia Gálvez

Grecia Gálvez es psicóloga y doctora en educación matemática.
Ha participado en talleres literarios conducidos por Pía Barros y Martín Faunes.
Desde hace dos años participa en el Taller de Poli Délano.

Matar el tiempo.

-Esta cuarentena ya está durando demasiado -dijo mi papá- tenemos que hacer algo para matar el tiempo.
Pensé que yo podría ayudar y me puse a buscar una forma de matarlo. En la despensa encontré un matamoscas, pero lo descarté porque tenía una rejilla, y el tiempo se nos escaparía por las rendijas cuando… ¡bum!, le diéramos un guaracazo. Tampoco me convencieron los insecticidas, alineados en una tabla del estante, aunque sus rótulos prometieran matar toda clase de bichos: pulgas, ratones, cucarachas, de casa y de jardín. Me imaginé al tiempo escapándose de esos chorros pegajosos, muerto de la risa.


De pronto recordé que mi abuelo tiene una pistola. La guarda en su velador, en un cajón cerrado con llave. La usaba cuando perteneció a la guardia del presidente y pudo conservarla porque se le ocurrió enterrarla en el patio de la casa de sus papás, mis bisabuelos. Cuando volvió de Suecia habían vendido la casa, pero como los que la compraron también eran de izquierda le dieron permiso para escarbar en la tierra, hasta que la encontró. Yo escuché esta historia cuando mi abuelo se la contó a su compadre Manolo, esa vez que vino de Venezuela a pasar sus vacaciones en Santiago. ¡Cómo se reían mientras se despachaban cuatro botellas de vino! Ni cuenta se dieron que yo, el nieto regalón, los estaba escuchando tras la puerta de la cocina.


¿Dónde estará la llave del velador de mi abuelo?, me pregunté. En su closet hay un cofrecito de madera, lacado y decorado con figuras rojas y negras. Era el cofre de las joyas de mi abuela, una de las pocas cosas que él guardó después que ella murió, hace como cinco años, cuando yo estaba por cumplir catorce. Me tincó que ahí podría estar la llave. Mientras mis papás, la tía Cati y el abuelo veían una serie en Netflix, subí al segundo piso. Al abrir la puerta de la pieza del abuelo un olor a encierro y a mugre me inundó las narices. Vi la cama deshecha, algunas chaquetas y pantalones amontonados en el sillón, sus pantuflas y calcetines desparramados por el suelo. “¡Pucha que hace falta la Antonia!” pensé, “justo ahora que estamos en pandemia le bajó el ataque de ciática y no vino más”.
Conteniendo la respiración me metí al closet y abrí el cofre. Entre fotos viejas, botones dorados y otras baratijas había una llave. La probé y sí, era la del cajón del velador. Saqué la pistola con cuidado, cerré el cajón, dejé la llave en su lugar y salí corriendo.

Seguro que la pistola estaba cargada porque si no, el abuelo no la guardaría en un cajón con llave. Apenas puse mi índice en el gatillo sentí que podré matar el tiempo con ella. Para que quede bien muerto tendré que hacerlo por partes, que son tres: el pasado, el presente y el futuro.

Podría empezar por el pasado porque, como ya no está, nadie lo echará de menos ni reclamará mientras me ocupo de darles el bajo a las otras dos partes. Será fácil apuntarle con la pistola porque es cuestión de mirar hacia atrás y uno ve todos los recuerdos alineados, desde los más recientes hasta los más antiguos. Cuando les haya disparado será como si los hubiéramos olvidado, pero peor, porque ya no podremos volver a recuperarlos. Tengo que ser metódico para que no se me escape ni el pretérito definido, ni el indefinido, ni el pluscuamperfecto. ¿Cuál era ese? ¡No me acuerdo!

Mejor empiezo con el presente. Es más fácil, porque está aquí mismo. Pero
entonces, ¿hacia dónde apuntar? Debo encontrar algo muy duro donde la bala rebote y se devuelva, como si fuera una bola de billar, para que llegue hasta el núcleo del presente y lo desintegre. El presente saltará en pedazos que tendremos que recoger rápido, para impedir que se vayan al pasado, y menos al futuro.
Mi mayor problema es cómo matar el futuro. ¿Hacia dónde apuntar si, como todavía no está, puede encontrarse en cualquier dirección? Me imagino haciendo una especie de travelling circular, para no dejar ningún punto del futuro sin enfocar. Pero ahí necesitaría una ametralladora, no una pistola. Creo que me está haciendo falta lo que enseñaron el semestre pasado en el curso de Planificación Estratégica de la Actividad Cotidiana. Me inscribí porque me gustó el nombre, pero nunca fui a clases. Bueno, quizás no me habría servido, porque matar el tiempo no es algo cotidiano, sólo lo quiero hacer por ayudar a mi viejo, que está tan aburrido con la cuarentena.
Escuché los pasos de alguien acercándose. Era mi mamá, que caminaba rápido, taconeando con sus pantuflas overcroft. Pensé que me estaba buscando y escondí la pistola, por si acaso.

-Rafita, ¿irías a dejar a la Cati? Alcanzas a volver antes del toque de queda -dijo mi mamá, estirando el cuello y entrecerrando los ojos, como para que no me fuera a negar.

¿Qué podía hacer? Me resistí, alegando que no tenía salvoconducto, pero ella ya lo estaba pidiendo en su celular, con la chiva de que iba a la farmacia que queda en la esquina de la casa de mi tía.

De repente, mi mamá se fijó que mi mano derecha estaba detrás de mi espalda.

-¿Qué tienes ahí? -preguntó, levantando las cejas y acercándose para mirar.
Mi código de desempeño ético me impide mentir, cualquiera sea la circunstancia.  Mostré la pistola y confesé que iba a usarla para matar el tiempo.

Mi mamá se puso como loca. Abrió los brazos y gritó que el niño brotó otra vez, que por qué mierda no se tomaba los remedios. Mi papá, la tía y el abuelo llegaron corriendo y preguntaron qué pasaba. El abuelo, en vez de enojarse porque le saqué la pistola, se rio de mi ocurrencia. La tía lanzaba resoplidos, como si se estuviera ahogando, y trataba de abrazar a mi mamá, pero ella la rechazaba diciéndole que podía contagiarla. Mi papá dijo que yo no podía manejar, ni de chiste, y que la tía tendría que quedarse hasta mañana.

Se pusieron a marcar números de teléfono, cada uno en su celular. Mientras esperaban respuesta iban y venían por el pasillo, entre el living y la cocina, chocando unos con otros. Me dio risa verlos tan confundidos. Por fin mi papá empezó a hablar, con su tonito de gallo de la pasión, pero ya no escuché lo que dijo porque mi mamá me arrastró a mi pieza y me obligó a sacarme el pijama y a ponerme ropa.

Ahora estoy acostado y mi cama se mueve y se detiene, se mueve y se detiene. Lo último que me acuerdo es que grité: ¡quiero quedarme en casa! Seguro que me inyectaron para dormirme. Siempre lo hacen. Pienso que voy en la dirección del futuro. ¿Por qué no alcancé a matarlo?