Y Managua se cubrió de Guardabarrancos

Cecilia Ostornol Almarza,

Arquitecta chilena exiliada en RDA, Cuba y Nicaragua. Esta crónica fue publicada en 2018 en el libro “Por la senda de Gabriela en la Revolución Sandinista: Crónica de Mujeres.

Actualmente integra el Taller Literario de Poli Délano

Y Managua se cubrió de Guardabarrancos

Vendrá la guerra, amor
y nos confundiremos en las trincheras
Cavando el futuro en las faldas de la Patria
deteniendo apunta de corazón y fuego
las hordas de barbaros
pretendiendo llevarse lo que somos y amamos.
¡No pasarán, amor
Los venceremos!

Extracto de Canto de Guerra, Gioconda Belli

Iván arribó en marzo de 1981 a Managua y al día siguiente lo recibía el alcalde Samuel Santos incorporándolo a su equipo, dificultando el “aterrizaje familiar”.

Habíamos acordado previamente que lo mejor era que él fuera en una avanzada y cuando hubiera las condiciones básicas, es decir trabajo y casa, nosotros le seguiríamos. En La Habana, quedé sola a cargo de los hijos: mi Pablo de 10 y su Iván de 12, contando los días para viajar.

Mientras, otro tanto ocurría con los “Marianos”. Grandes amigos, hoy hermanos. Arreglamos con ellos para quedarnos con ellos un tiempo y viajamos todos un 23 de julio de 1981, cuando se cumplían ya dos años del triunfo de la Revolución.

El país funcionaba con normalidad, o al menos el aeropuerto, que era un hervidero humano. Llamaba la atención la juventud de sus autoridades: muchachas jóvenes vestidas de verde olivo, de espléndidas sonrisas, cumpliendo con las tareas propias de migración. De pronto, se produjo un gran revuelo de seguridad, causado por alguna autoridad o delegación que ingresaba escoltada a una sala fresca y oscura, en contraste con la luminosidad del salón donde arribamos. Mientras pasaba por la ventanilla de migración, miré curiosa tratando de superar mi encandilamiento y reconocí maravillada a Julio Cortázar, cuya estatura superaba como sesenta centímetros el promedio de los presentes. Alguien, demostrando estar muy enterado, comentó que todos los que habían estado presentes en las celebraciones del 10 de Julio ahora abordarían el avión de Cubana, con destino a La Habana, para asistir a la conmemoración del “26”. La joven oficial llamó mi atención Con unos golpecitos en la ventanilla, para entregarme los documentos, y me dijo ¡BienBenida a la tierra de Hombres Libres, compa! ¡Sí! Así con B larga (Los nicas hablan sólo con “B”).

Fue mi primer contacto fónico directo con los nicas. Aunque ya los compas nuestros los imitaban muy bien y de hecho ya hablaban así, me hizo gracia y estuve feliz de escucharlos en Managua.

Al fin se cumplía es sueño de sumarse a la noble tarea de la Reconstrucción Nacional y esto lo haría con Iván, mi nueva familia y en puerto seguro. Al menos eso creía y creí por algún rato.

El trayecto por la carretera norte se me hizo familiar. Tenía el mismo aspecto “cincuentero” que la Panamericana de Santiago. Giramos y tomamos una pista de adoquines escoltada por altos pastizales y esbeltas luminarias urbanas. En medio de la nada, un frenazo, y el Jeep se detiene en seco, Alcancé a asustarme un tantito cuando veo que se trata de un rebaño de vacas Cebú cruzando la calzada. Iván risueño me dice: te presento el centro de Managua.

Parece que esa broma era de rigor, para todos los recién llegados pues en la noche, Mariano e Iván nos hicieron un City Tour, y encaramados sobre la Loma de Tiscapa, mirador natural de la ciudad, observamos Managua de noche. A lo lejos se divisaban “manchones” de luces que delataban “pedazos” de ciudad oscuros, en el centro ya a la  izquierda. Mariano comentó jocoso: “ahí está el centro de la ciudad, lo que pasa es que la tenemos escondida por razones de seguridad”.

Es que Managua escapaba a la rígida lógica impuesta por las Leyes de Indias. Más tarde pude averiguar que fue escogida capital de la República en 1852, como parte de los acuerdos del armisticio entre liberales y conservadores.

Su nombre probablemente proviene del vocablo náhuatl “Mana-ahuac”, que significa “junto o frente al lago”; y nada puede ser más justo para referir su privilegiada y determinante ubicación.

Pero lo anterior no daba cuenta de esa “no-ciudad”, de la ausencia de centro, de su desperdigada estructura urbana, de aquellas modernas y sobre dimensionadas autopistas. El aspecto de ciudad arrasada, conocida como “Los Escombros”, era el resultado del tristemente famoso terremoto del 72, bautizado por el diario La Prensa como: “Ensayo del Juicio Final”. En solo treinta segundos terminó con la vida de veinte mil personas, con similar número de heridos atrapados bajo las viviendas desplomadas en seiscientas manzanas urbanas. En esos treinta segundos desapareció también el comercio, la pequeña industria y los artesanos.

Pero hubo otra tragedia: el dictador Somoza que ya era dueño espuriamente de la mitad del país, se apropió escandalosamente de la ayuda internacional y la usurpó convirtiéndola en capital para sus modernas industrias inmobiliarias y afines, condenando a la pobreza a los empresarios damnificados y a Managua al abandono.

Acudimos a uno de esos “manchones” de ciudad, donde grandes y sabrosos Bananas Split de la “Margarita” comenzaron a seducir a los niños, bastante enfadados por haberlos sacado de su Habana.

Días después, muy temprano, las flamantes dueñas de casa dejamos el fresco hogar de la Carretera Sur rumbo al “Lewites”, mercado de frutas urbano de una belleza y colorido desconocido para nosotras. Íbamos provistas de grandes bolsas de feria y férreas instrucciones de no beber nada que no tuviera una tapa sellada. ¿Cuánto rato estuvimos recorriendo el mercado, extasiadas y sorprendidas ante tanta exuberancia de frutos tropicales? No lo sé. Esto era un carnaval de olores, colores y nombres que evidenciaban la raigambre náhuatl[1], chilotes, quequisques, chiltomas, bayas, guanábanas, melocotones, guayabas, plátanos machos, guineos cuadrados, guineos rojos, papayas de medio metro, ocotes, jocotes, nancites, pitayas, fruto de la pasión, nísperos[2], yuca, mamón, coco, cacao, tamarindo, marañón…

El sol ya rajaba los adoquines y de repente comenzamos a marearnos en mala. Buscamos con la mirada la gaseosa con “tapa sellada” y nos la mostraron lejos, al otro lado del mercado. Le dije a Carmen Gloria: yo no llego, mientras observaba el puesto de “frescos”: La guata…[3]  Se atreve a recordar mi amiga Carmen Gloria, sin poder terminar la frase, pues sus ojos estaban ya clavados sobre esas bebidas de colores, sudaditas de tan frías… Con las pocas neuronas frescas que me quedaban argumenté que el tifus tenía cuarenta días de incubación, y la pérdida de electrolitos por deshidratación era inminente, conocimiento médico adquirido en la convivencia estudiantil con mis queridas e inseparables amigas doctoras.

Caminamos algunos metros sobre el pavimento, en forma de canal, (una hazaña sólo comparable a épicas travesías sobre el desierto) y pedimos las bebidas: ¡Aquí todo es natural amorcita! Exclamó vivaz la doñita. Y ¿fresco de qué vas querer amor, ah?  En una retahíla de nombres raros y desconocidos para nosotras. Indicamos con el dedo uno de ellos. La señora, bien bajita, alegre, morena de sol y gruesos brazos desnudos, enfundada en un delantal de cintura sin pechera, con bolsillos llenos de encajes donde guardaba los riales[4]; tomó un envase de a litro de café Presto, e introduciéndolo dentro del gran tambor de plástico azul, esforzándose para llegar al fondo, agitó la mezcla de fruta, agua, azúcar y sal, y nos sirvió sendos “frescos” junto al hielo, dentro de una bolsa plástica, que con maestría amarró introduciendo una pajilla, al tiempo que nos lo entregaba.

Al momento que lo tomaba con mis dos manos, sedienta, vi con espanto su frondosa axila mojada por el jugo, pero ya era tarde para ascos de princesas melindres.

Nunca enfermamos. Hasta hoy es una anécdota que nos hace reír y aún nos provoca reacciones quisquillosas.

Terminadas las compras cargamos con nuestras mochilas y “sacos macen”[5] repletas y nos dirigimos al 7 Sur, rumbo a Monte Tabor en el km. 13,5. Ahí era la parada de la camioneta. En mi imaginación siempre generosa, había determinado que las camionetas utilizadas como transporte público, eran un tipo de vehículo que llevaba a las personas adelante y atrás había una tina para la carga. Algo así como una camioneta doble cabina que hacía de “taxi-rural”. Cuando logramos subir a una, nos empujaron hacia adentro, nos sentaron en una banca de palo, y así seguían haciéndolo subiendo a otras personas. Cuando ya no cabía nadie, pero nadie más, el ayudante cobrador del conductor nos solicita: Aja mi tierna, correte más pal fondo, ¿ve? Mira que tiene que montar la señora hermosa, ¿ve? Aquello se parecía a “hacer parir la chancha”, un juego de mi infancia en Chile.

Volvimos la vista a la marchanta[6] que cargaba un descomunal canasto sobre su cabeza, de más o menos un metro de diámetro, lleno de man-gos, pa-payas, me-lones y …ba-yas (no pude evitar recordar la canción de Enrique Guzmán).

Con maestría, y ayudada por el auxiliar, tomó el canasto, depositandolo con el mismo movimiento sobre el techo de la camioneta. Se sacó la toalla enrollada sobre su cabeza que hacía la vez de soporte y protección; puso un pie sobre la pisadera y el muchacho tomó sus enormes nalgas empujándola al interior, inclinando peligrosamente la camioneta. Así supimos por qué a estos colectivos los llamaban las “dos ruedas”

Varios días después fui a la OIT. Quedaba en el 7 Sur, así es que monté confiada en la camioneta. Allí trabajaba un compañero que me orientaría sobre algunas posibilidades de trabajo. De allí me iría al MICONS[7], donde me esperaba María Isabel Maltéz, dirigente del FSLN del Ministerio, para una entrevista de trabajo.

La dirección era clarísima: del 7 Sur 100 varas abajo. Así es que, nada más llegué a la intersección de la referencia, miré hacia arriba donde estaba la «Loma del FSLN» [8] y me dirigí en sentido contrario. Había grandes baldíos; solo el Banco Central en un inmenso predio y no encontraba la dirección, ni a nadie a quien preguntar. Crucé la ancha calzada a consultar a un guardia de Agromak. Vio el papel y repitió: 100 varas abajo… Acto seguido levantó su brazo mostrando el elevado cerro: allá compa, allá es abajo. Aprendimos más tarde, que los nicas tienen un sistema de referencias basado en su cultura Náhuatl: es el sol el que indica las direcciones, así ascienda por la mañana o baje en el ocaso.

Desistí de subir bajo el solazo y decidí irme a la segura. Lo del MICONS era casi un hecho, y era una plaza de arquitectura. ¿Para qué perder más tiempo? Pero tras la entrevista salí aguantando el llanto. No podía creer que hubiera esa clase de machismo. Decidí que era yo la que no quería estar allí. Eso cambió probablemente mi destino. A los pocos días me llamaron de la UNAN[9].

Las urgencias de la Revolución hicieron que al día siguiente yo fuera parte del cuerpo docente y coordinadora de asignatura. La decisión fue naturalmente resistida al principio por los colegas, pero superados los malentendidos iniciales, llegamos a constituir un equipo maravilloso de trabajo, aprendizaje y creatividad. Fuimos entrañables amigos, compañeros de trabajo, milicianos, voluntarios en la producción agrícola y nos entregábamos a todo lo que demandaba la Revolución.

A fines de ese año era elegido Reagan, como presidente de los Estados Unidos, aprobando de inmediato los fondos para crear la “contra”: fuerza paramilitar de opositores que se componía básicamente de antiguos miembros de la Guardia Nacional [10] en territorio hondureño, cerca de la frontera norte de Nicaragua y que ya comenzaba a dar sus primeros zarpazos.

Con particular dolor recuerdo una soleada mañana, en que apoyada en el umbral de la puerta del aula, observaba a los estudiantes que se aprestaban a salir rumbo al sur, donde se estaba haciendo fuerte la contra asentada en Costa Rica. Destacaba la esbelta y bella figura de Marlon Zelaya que afinaba los detalles de la partida. Al rato se acercó una amiga y muy bajito, como para que las palabras no cobraran vida, me comparte un presagio. Yo callé. No tuve argumentos para exorcizar el fatal destino de Marlon.

A las pocas semanas, en mayo del 83, Marlon Zelaya, este joven extraordinario, cae en combate defendiendo la soberanía de Nicaragua en la zona de San Carlos, Rio San Juan. La guerra, con toda su crudeza, recién comenzaba.

El presupuesto reconocido por la administración Reagan, para desestabilizar la economía y crear las Fuerzas de Tarea (tropas de élite entrenadas en guerra irregular), representaba la cuarta parte del PIB de Nicaragua, desangrando la economía ya empobrecida. Nicaragua se vio obligada a responder con la creación de los BLI, Batallones de Lucha Irregular, los que actuaron apoyados desde el aire por los helicópteros de desplazamiento rápido.

Se trabajaba febrilmente en el término del segundo anillo de defensa circular de Managua, para un escenario de contención de una ofensiva terrestre.

Información de inteligencia, corroborada por la invasión de Granada, hablaba de un bombardeo sorpresivo sobre Managua, obligando, sobre la marcha, a un cambio estratégico en la defensa de la capital.

La orden fue construir refugios antiaéreos para que cada habitante pudiera resistir el bombardeo y, paralelo a eso, fortalecer la defensa de la población civil.

Organizar y capacitar aceleradamente a la población civil, en los conocimientos esenciales para preservar la vida y bienes, así como garantizar el funcionamiento institucional, fue la consigna. Y la Universidad fue la responsable natural de multiplicar esos conocimientos.

Durante un mes a dos turnos, impartíamos las clases de primeros auxilios y manejo y mitigación de emergencias. Cuando ya nos quedábamos sin voz, nos dirigíamos a la construcción de los refugios.

Ese año vivimos en medio de una movilización constante. Muchos incrédulos tenían la idea que todo se trataba de manipulación emocional del sandinismo, para lograr sus objetivos.

Frente a la sala del Taller estábamos haciendo un refugio grande. Me tocaba turno de zona y para mi sorpresa veo a Fred Downs dando pico y pala como “malo de la cabeza”. Fred era mi alumno y teníamos una relación muy fluida. Hablábamos de su vida en Corn Island, de la mía en mi país, y para mí era el “reggae” mismo. Poseía la clásica contextura de su condición de afrodescendiente: alto y fuerte, con una amplia sonrisa un tanto irónica, y una cadencia para caminar y expresarse más propia de estar sobre una hamaca que en una sala de clases. No dudé en bromear por su vestimenta militar: ¿ldiay Fred, y vos que haces así vestido de compa[11]? iSi seguis con esa energía vas a ganar el sello de vanguardia sandinista, hermano! ¿Y no, que eras antisandinista? Mirá Cecilia, miráme bien. ¿Vos creés que soy baboso?

Se van a dejar caer los yanquis, después de arrasar con todo, van a matar a la población civil, y yo les voy a decir: esquiusmi mister, aimnot sandinist>- Y continuó -No jodás hermana, aquí van a descachimbar[12]  a todos primero y no va a quedar ni un Cenzontle[13]. Otros estudiantes bromeaban a la pasada. Los nicas, hasta en los peores momentos, eran capaces de chilear[14]. iHay que reconocerlo! Fred les gritaba: cuando vengan esos majes[15] no te quiero adentro brother!

Nos sentamos en el borde de la excavación y compartimos en silencio un cigarrillo. De repente bajaron dos guardabarrancos[16] a lo profundo de la trinchera y picotearon alternadamente los taludes recién cortados por Fred.

—¿Los conocías? —Me pregunta.

—Sí, al refugio de mi casa llegan siempre, parece que encuentran algo en la tierra- respondí.

—Efectivamente y como son pequeñitos, tienen esa cola como raqueta con ojos, para hacer creer a sus depredadores que son muy grandes —A continuación, me explicó que siempre que hay desprendimientos, o cortes de suelo, aparecían.

Dicen que para el terremoto del 72, se activó la falla de Tiscapa y se podía ver de lejos como un rillito[17] bien azul por la cantidad de pájaros. Es el pájaro nacional. Está en todas partes. Dejé a Fred e hice un gesto, indicativo del cambio de turno. Esperá, me dijo Bayardo, falta poco para el bombazo. Me estremecí, ya el “Pájaro negro” había sobrevolado el territorio nicaragüense, ahora vendría el ruido de la explosión terrorífica, producto de la ruptura de la barrera del sonido. No acabé de pensarlo, cuando se sintió la explosión.

La escalada agresiva iba en aumento, Todos los días, a la misma hora, como preludio del bombardeo, hacía el raid el SR 71, avión espía norteamericano.

La invasión ya tenía fecha. En el Puerto de Corinto, una fragata estadounidense se había internado cinco millas en aguas territoriales persiguiendo a un carguero soviético. Apenas unos días antes, en octubre de 1984 la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA) dirigió el sabotaje del puerto nicaragüense de Corinto.

Con Iván nos despedimos ese día de madrugada. Nos fundimos en un abrazo tenso improvisamos un desafinado coro “…los venceremos amor, no pasaran…” Tomamos cada uno su vehículo y nos dirigimos a nuestro puesto de combate. Se percibía el peso de las emociones en esa atmósfera. El miedo, el coraje, la ira, la tristeza… La revolución ya mostraba logros importantes que defender. Solo se necesitaba la paz.

No me percaté como conduje hasta la esquina del Centro de Convenciones, donde solía comprar mi cucurucho de semillas de marañón[18]. El viejito que los vendía había desaparecido hacía días ya. Pero algo llamó mi atención y no atinaba a descubrir. Había aparecido de la nada, un cerro extraño cubierto por unas mallas. Ahí caí en cuenta que estaba enmascarado un inmenso tanque de guerra sobre un plano inclinado para actuar como defensa antiaérea. Nidos de ametralladoras en cada esquina, en medio de los pastizales. Aguzando la vista distinguí unas cuatro bocas[19]. Llegué a la universidad. Todo el mundo estaba en traje de campaña. Ingresé en medio de un silencio sepulcral. Apoye el fusil sobre la pared y escribí la fecha en el pizarrón: 17 de noviembre de 1984.

Sonó el timbre que indicaba el término de la sesión, me despedí de mis alumnos casi sin voz, con la garganta apretada. Tomé el fusil y camine hacia el sector trasero de la Escuela desde donde podía observar la ciudad. Managua había logrado seducirme. No fue amor a primera vista. Nos fuimos descubriendo hasta reconocernos en abrazos y lealtades, en esquinas y marimbas, en colores y sabores, en lagos y volcanes.

Teníamos un sistema de señales por medio de rieles colgados de árboles, que los responsables golpeaban de acuerdo con un código de señales, los que eran transmitidos por simple repetición auditiva.

De pronto suenan las alarmas tantas veces ensayadas y no anuncian bombardeo. ¡No! Por el contrario, anuncia bajar un nivel la alerta. Se sentían los golpes desde todas partes, desde el fondo de cada trinchera, salieron los habitantes de la madre tierra protectora. Fue entonces cuando vi, ¿o soñé? que Managua se cubrió de Guardabarrancos.

Supimos posteriormente que se había logrado detener el bombardeo, gracias a las enormes gestiones diplomáticas al más alto nivel, a la solidaridad mundial y sobre todo, gracias a la decisión del pueblo que, al igual que Sandino quiere ¡Patria Libre o Morir!

Relato incluido en el libro “Por la senda de Gabriela en la Revolución Sandinista; Crónicas de mujeres. Editado por Embajada de Nicaragua en Chile y Taller Las Gabrielas, Santiago, 2018

[1] Lengua utoazteca de la familia originaria de Aridoamérica, algunos de cuyos grupos se desplazaron tan al sur como Nicaragua

[2] Fruta similar al mamey

[3] En Chile estomago, del mapuche huata

[4] Los reales, las monedas, el dinero

[5] Sacos de fibra plástica

[6] Casera

[7] Ministerio de la Construcción

[8] Loma sobre el Kim. 7 de la Carretera Sur con un letrero de tamaño urbano con la sigla del Frente Sandinista

[9] Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua

[10] Policía Militar Somocista

[11] De miliciano

[12] Destruir

[13] Ave cantora de América del Norte, Central y Caribe, se caracteriza por su diversidad de cantos

[14] Bromear

[15] Personas, tipos, gallos

[16] Ave nacional de Nicaragua, de plumaje vistoso y cola larga

[17] Rio pequeño pronunciado con fonética campesina

[18] Castaña de Cajú

[19] Unidades de Artillería Anti Aérea de cuatro cañones