Bártulos

Bártulos

Rubén Torres, periodista, productor, integra actualmente el Taller de Poli  y lo hizo durante 2014. Además es cribe…

Rubén Torres Ávila

Bártulos.

Mi abuelita, Ita, dice que nos salvamos de la cuarentena. Que antes vivían en Las Condes, en el barrio alto y no en La Pintana, que no es que ellos fueran ricos, sino que trabajaban para la familia Larraín. Que mi abuelita, la Ita era cocinera y hacía el aseo, que mi mamá cuidaba a los niños de esa familia, y el Pepe, que no es mi abuelo, hacía de jardinero, de carpintero, albañil y todo lo que necesitaran los patrones. Claro que lo dice la Ita, porque a mi mamá no le creo mucho, sacando cuentas en esa época ella tenía catorce años y a mí, que soy su hija, siempre me cuidó el Pepe y mi abuela. Mi mamá dice que no cuidó a los niños Larraín, sino que jugaba con ellos, los miraba, los vestía, los acompañaba a los cumpleaños donde iban, les preparaba su colación para el jardín, el colegio y que al mayor, al Patricio Andrés, le enseñó a cuidarse el pulgar al empuñar la mano y defenderse a combos, también a decir cosas lindas a las niñas y a besar. Mi mamá siempre cuenta que la llevaban a la playa para que los cuidara y ella todavía se acuerda de que traje de baño usaba. Bien locos los Larraín porque mi mamá nunca aprendió a nadar, hasta ahora.

Yo ni existía, pero La Ita –mi abuela que por abuelita le decimos Ita- dice que ellos se vinieron a La Pintana  por la cuestión de la guerra, que los bombardearon y todo eso. Que fueron los milicos los que los sacaron. Pero la Ita está viejita y ni idea de qué guerra habla, pero ella sabe harto porque siempre ve las noticias.

El Pepe dice que él construyó la casa en que vivían allá en Las Condes, pero como no tenían papeles los sacaron junto a todos los de la población. Una vez me mostró una foto en papel de él con la Ita cuando eran jóvenes y me mostraba la casa en el fondo, que según él quedaba re cerca de la de los patrones, pero en el cerro. El Pepe no miente. Pero si ellos vivían en el cerro en el barrio alto, eran de barrio más alto que los patrones. Bueno. La suerte de vivir cerca del trabajo.

También el Pepe me mostró en su celular una foto de los edificios y casonas que ahora hay donde dice que vivían ellos y otras familias que ahora están en La Pintana. Yo le dije que debe haber sido triste para los patrones quedarse sin cocinera, niñera ni jardinero. Al Pepe le dio rabia y preferí quedarme callada pues se le pasa lueguito.

Le pregunté a mi mamá por lo de la guerra, y me contó que la Ita exagera. Que lo de los bombardeos fue mucho antes, pero que sí, que fueron los milicos los que los sacaron en camiones llevando todos los bártulos que cabían, seguro que esos bártulos se perdieron en el camino porque nunca he visto en casa algo con ese nombre. Solamente al Bartolo que es un viejo curao que te mira y se pone a llorar, de curao me dice Angelita, ni que yo tuviera alas. Me gustan las películas de guerra, y no soy tonta, reconozco balazos de la tele y de afuera. Ah, lo de los bártulos me hizo acordar del Bartolo que se quedó sin ná, y de una película en que subían en trenes a mucha gente llevando maletas con lo que escogían para llevar, onda así como cuando te preguntan qué te llevarías a una isla desierta. La pregunta weona. Un bote poh. Y bueno, ellos, los de la película, elegían que bártulos cabían en una maleta. Ah. Y les ponían una estrella en la ropa. La estrella era amarilla porque la vi en otras películas pero esta película era en blanco y negro. Luego, los llevaban a campos de concentración. La profe Emilia estaría feliz de enviarme allí. ¡Concéntrate Julia! Me dice. Me dice que salto de un tema a otro, que hago zapping de una cosa a otra y que la subvención especial no da para tanto. Extraño a la profe Emilia. Ah. Claro que en la película los del tren terminaban muertos porque no tenían nada para comer, o los metían en una sala grande donde los encerraban y morían. La Ita dice que de hambre nadie se muere, que el que sabe trabajar va a progresar. La Ita no ha visto estas películas porque es viejita. Ni ella sabe qué edad tiene porque, obvio, no se acuerda de cuándo nació. Que venía del campo y allá no existía el gabinete de registro civil e identificación. Es loco que se acuerde de esas palabras. Debe ser porque trabajó con los Larraín y aprendió a hablar con toda la boca –como dice ella-, a poner la mesa, a escoger las flores. Siempre dice que no se pueden regalar las flores en par. O sea, deben ser siete, once, quince. O de tres si no tenías plata. La mamá a la Ita siempre le envidió el buen gusto. De hecho el Pepe debe haber sido guapo, roto encachado como dice ella. Una vez mi mamá me contó que la Ita conoció al Pepe porque cortaba el pasto en la casa de al lado. Yo me reí porque en todo el pasaje nadie tiene pasto. Ah, pero el Pepe debe haber sido así como mino, y la Ita siempre tuvo buen gusto.

Y la Ita todavía sigue despertándose a las cinco de la mañana para ir a trabajar donde Tomacito, que no se llama así, sino que Tomas Andrés, el hermano de Patricio Andrés, pues éste vive fuera de Chile, y los papás murieron los pobres. Es loca la cuestión, porque si nosotros aún viviéramos en el barrio alto yo iría a un liceo allá, de esos con subvención especial. Quiero harto al Pepe pero en la noche se levanta y mete harto ruido buscando sus tijeras para cortar el pasto. He visto películas donde el mino, el protagonista quiere eso, buscar su arma. Debieran hacer una película con el Pepe zombi cortador de pasto. El Pepe es lindo, me enseñó a leer, de hecho, cuando era cartonero me llegaba con libros o las hojas y me leía. Juntos inventábamos finales al cuento porque no estaban las hojas, me decía que los malos también son buenos y me pedía perdón. Que yo estaba en una escuela especial y que todos ellos eran corrientes. El Pepe dice garabatos. Una vez un vecino le dijo que él era el colmo del cartonero, y el Pepe le preguntó por qué- El colmo del cartonero es que le quiten la casa por no tener papeles. Ahí el Pepe le dijo hartos garabatos y todavía no entiendo por qué.

La Ita sigue pegada en las noticias y Tomacito vive en una de las siete comunas que están en cuarentena, que no se puede salir ni entrar de Las Condes. Pepe celebra que la Ita ya no se levante tan temprano, y para los patrones la vida sea más simple.  Es como en esa película, una de vaqueros en que el patrón de un campo tenía hartos negritos que eran esclavos que trabajaban para él. Él les daba comida, casa y los cuidaba. Y había otros que querían que no hubiera esclavos y se armó la guerra. Ganaron los que estaban por liberar a los esclavos, pero cuando estaban libres no tenían casa, ni comida, ni animales, ni trabajo. Como dice la Ita; ni donde caerse muertos. Y claro, seguían siendo negros los pobres, o sea, pobres-pobres porque no les pagaban suficiente adonde llegaban. Distinto de los negritos de ahora que siendo negritos tiene ropa y zapatillas de marca. Y todavía no me acuerdo del nombre de la película pero era de vaqueros y negritos. Es bien guapo el Leonardo Di Caprio, me gusta.

Ahora estamos todos encerrados. La Ita dale con que si nos salvamos de la cuarentena es por algo, que hay que llevarle comida a Tomacito, que él no puede salir de la casa, que quién le va a cocinar, a cuidar los niños, a encontrar el control remoto. Me imagino que esa cuestión de la pandemia es como esas películas de zombis y que en Las Condes andan contagiados por las calles y la única forma de matarlos es cortarles la cabeza, pero que no te pueden morder porque te contagian. Cuando los zombis van a morder a alguien yo me tapo la vista, me da miedo ver como se los comen, pero siento el ruido del sorbeteo y me acuerdo del Pepe, que siempre hace ruido al comer. El Pepe hace años que está enfermo y no sale. Mi mamá me dijo que yo tenía que ayudar, que agarrara cualquier tela que no se usara y que hiciera mascarillas como las que usan los doctores. En el Bazar de Luchita compré varios metros de elástico antes de que se agotara y en una caja encontré sábanas, cortinas viejas y una bandera chilena limpia y planchadita, así que me hice un molde y corté para todos, incluso para vender en la feria. Dejé una mascarilla para don Tomacito en que se notan unas puntas de la estrella. Estaría feliz. La cuestión es que no dejan entrar al barrio alto. No sé cuánto aguantan los pobres. A menos que volvieran los camiones de los milicos a buscar a la gente que sacaron hace años. Habría que conseguir como fuera bártulos para llevar.