Ricardo Figueroa

Testimonio de Ricardo Figueroa

Ricardo Figueroa

Lindo recordar al Poli, ese amigo que inesperadamente un día empezara a cambiar en un giro tan rápido que ni siquiera nos diera tiempo para pensar en que en alguien tan lleno de vida y de futuro, como era él, un cambio  de ese tipo no podía augurar nada normal. Y no fue nada normal.

Quiero decir que, en mi mentalidad de entonces, no cabía ni la idea de que los amigos queridos también terminan por morirse. Y él era uno de los más, si no el más, querido de todos. Pero, claro, no había por qué preocuparse.

Nos habíamos conocido cuando éramos todos jóvenes: tanto, que nuestro problema común era cómo vivir el futuro. Y éste, sólo ofrecía promesas puesto que nos creaba la impresión de que todo era cuestión de tiempo y éste siempre traía éxitos y días felices. No nos dábamos cuenta de que ésa era nuestra felicidad: que éramos jóvenes y que no era probable que existiera razón alguna para dejar de serlo. Era como si sólo existiera la juventud por todas partes. Claro, cuando conocí al Poli ya no era tan joven, o no tanto como él; pero ambos sentimos que la vida tenía sus razones para juntarnos. O  fue el Poli quien me hizo sentir que en él tendría no sólo un amigo más, sino uno que iba a marcar el resto de mi vida en lo que a amistad se refiere. No es este el lugar donde pudiera resumir tan memorable relación, la que no cabe en sólo líneas; aunque tampoco basta con enfatizar que allí nació una gran amistad. Ello se debe a la magia de la personalidad del Poli, quien sabía atraer no sólo con su palabra y el lenguaje de sus ojos y el de su cuerpo, en el que predominaban el gesto, la expresión facial llena de cariño que era siempre portadora no sólo de una amable sonrisa, sino casi siempre, de una invitación al abrazo y expresar el júbilo de estar juntos. Fueron años de vivir esta experiencia en una u otra forma. Pero hoy podemos preguntarnos ¿cuántos años pasaron sin que nos percatásemos del silencioso paso del tiempo?

Pero sé que estoy escribiendo en el nuevo siglo y eso es mucho tiempo pasado, tanto, que mis años vividos entran en conflicto con el tiempo por venir. Entre esos extremos, han pasado muchas cosas; entre ellas, que el Poli – nuestro querido amigo Poli – ya no está con nosotros: un día partió para ir a reunirse con su querida hija Bárbara y con sus no menos queridos progenitores: doña Lola Falcón y don Luis Enrique Délano. Y bueno… a reunirse con todos aquellos queridos amigos que se habían ido antes que él, como el Pito Henríquez, o Enrique París; o ese número de víctimas encabezadas por Fernando Ortiz y sus camaradas que también lo eran del Poli.

Pues, hoy sabemos bien que el ciudadano Enrique Délano Falcón: -para sus seguidores y admiradores, el escritor Poli Délano para el gran público- murió hace ya varios años; pero no tantos como para que se le haya olvidado. Al revés. En su caso, un extraño sino pareciera traerlo siempre de vuelta a nuestra memoria, aunque la verdad es que no hay tal extraño sino, o como se le llame, sino sólo el recuerdo cariñoso de su gran persona y el de su calidad humana como intelectual y como escritor. Por eso, él se ha ido pero ha quedado entre nosotros no sólo su muy querido recuerdo, sino además, su muy admirable y excepcional obra literaria junto a su entrañable sentido de la amistad; y su cariño y respeto hacia sus amigos: y hacia sus lectores  y coetáneos: su respeto y cariño hacia la persona humana.

Poli Délano fue ante todo una persona excepcional, un personaje en sí; y no porque él hubiera querido ser diferente, sino porque le nacía ser siempre él mismo: el Poli: el amigo de sus amigos y el admirador de sus lectores y, en verdad, el escritor que vivía atento a la vida y obra de los demás y como si su propia obra no le importara, o sólo le importara a los demás, ya que no todo lo que ocurría se prestaba para escribir un buen cuento.

Es de presumir que su nombre vaya a perdurar no sólo como escritor sino sobre todo, como ser humano lleno de amor no sólo hacia sus entrañables amigos sino, en verdad, hacia su no menos entrañable prójimo; amor que también queda aprisionado en miles de páginas brotadas de su fecunda pluma, que si fue fecunda, también fue amable y llena de amor hacia el ser humano: tanto, que en ella no es posible encontrar siquiera un tono duro para quienes, olvidados de que él era quien era, porque en su persona dominaban ideales sociales y sentimientos humanitarios, aunque a veces olvidaban ver en él al militante comunista: un ser comprometido con las luchas sociales de su pueblo. En efecto, si bien no podría decir que él me enseñó a pensar como piensa nuestro pueblo;  me enseñó sí a respetar cuanto les era caro como aspiración social. No sé cuánto de su ideario venía heredado de sus padreas, pero creo que Poli tenía muy claro cuáles eran los valores que el pueblo apoyaba porque eso era parte de cuanto ese pueblo esperaba para sí.

Esa era su contradicción, pues todo eso llamaba a la lucha social y Poli, el pacífico Poli, estaba dispuesto como el que más, a asumir su puesto en ella.  Porque si más de una vez tuve que calmarlo y llamarle a la cordura, lo cierto es que él era incapaz de agredir a nadie, aunque se tratara de la lucha que se proponía librar para liberar a toda una clase social; y con ello, liberar también la gran fuerza creativa de todo un pueblo. Y eso era lo grandioso y lo que atraía a alguien como Poli: él más que nadie, confiaba en la enorme capacidad del pueblo chileno. Por eso, estaba dispuesto a contribuir a hacer realidad su liberación. Lo afirmé  siempre  porque, luego de analizada la teoría de su ideología comunista, eran temas que llenaban horas de nuestros diálogos.

Hablábamos de lucha social; pero él no podía agredir a nadie; ni siquiera a sus oponentes ideológicos, de los cuales había muchos, ya sea manejando una pluma bien entrenada, ya un lenguaje oral que podían hacer llegar más lejos a través del éter.

Pero no era el Poli alguien que pudiera fácilmente caer en la frase hiriente o el hiriente lenguaje entre contrincantes ideológicos si le insultaba a él dirigiéndole uno de los tantos insultos o epítetos reservados a los militantes comunistas.

No. Él no estaba para eso. Su lucha iba dirigida a las cuestiones serias de la vida y del ser humano. Por eso, ni siquiera en su lenguaje oral cabía el insulto. Por eso y por múltiples otras razones, como escritor, él no ha muerto, ni mucho menos: ahí están su obra y, con ella, sus incontables lectores y admiradores. El fue nuestro Hemingway chileno, si no latino: el narrador que conociendo bien la narrativa estadounidense, la latinoamericana y la nuestra, pudo contribuir a la chilena con obras que el correr del tiempo ha venido agregándoles valores y valor inolvidables. Para no enunciar una lista de obras que resultaría excesiva, baste mencionar obras como “Amaneció nublado”, que fue su primer libro que le conocí; y “Gente solitaria”, obra que Poli dedicara a sus padres Lola Falcón y Luis Enrique Délano – a quienes tuve la suerte de conocer y de cuya conversación y erudición literarias, tuve el privilegio de disfrutar. Una reunión con ellos en su casa de calle Valencia 2204 era siempre una fiesta intelectual, llena de aspectos interesantes tanto de la historia de Chile como de la cultura universal, sazonado por el aporte de sus coetáneos, llenas a su vez de anécdotas personales, amén de lo central que, quieras que no, venía reflejado en su activa participación en las luchas sociales de entonces. Son recuerdos que en sí dan pábulo a temas que aquí no podría incluir no sólo porque no podría recordarlos, no todos; sino además porque no me sería posible imitar su estilo, su gracia y su sentido del humor.  

En todo caso, bueno será recordar figuras intelectuales de esa época como la del norteamericano Miller Williams quien, como guest editor de The Arizona Quarterly, incluyera en esa publicación  una traducción de “La pensión” pero publicado bajo el titulo de The Boarding House (1). No es el único cuento traducido al inglés que se le conoce, pero es un hecho que a Poli le interesaba más escribir para sus lectores habituales, lo cual explica por qué no se interesara por que sus cuentos fuesen traducidos: él escribía para sus compatriotas y, estos, preferían leerlo en su idioma.  Lo demás era cuestión de opinión; y eso era otra cuestión.

A Poli no le atraía teorizar sobre narrativa o sobre literatura en general. Para él lo importante era la relación entre vida social, o eso que llamamos “la vida”,  y cómo reflejarla en la narrativa. No es que ésta fuese independiente de la primera, sino que importaba su interdependencia, pues  su interés fue  siempre tomar un hecho de la realidad para, basado en él, escribir un buen cuento.  Para él, lo importante era que había situaciones que se prestaban o no para escribir lo que él llamaba “un buen cuento”. Él, que había nacido para literato,  hablaba más de cuentos que de “literatura”. Y al decir cuento, estoy diciendo que era eso lo que le atraía. La novela era narrativa y, como tal, la cultivaba y la escribía bien, claro; pero no era cuento. Y por lo tanto, necesitaba un trato aparte; pero “un buen cuento”, eso sí que le importaba.

Es tal vez ésta la distinción que vale para establecer dónde reside su valer como escritor: él era un cultor del cuento y en tal especialidad se sentía escritor.

Era precisamente eso lo que él apreciaba en Hemingway y lo que, a su vez, hacía de él un Hemingwayano, ya que a él le gustaba ser eso. Poli me dejó la impresión de que, en su fuero interno, a él le gustaba parecerse a Hemingway; o que sus lectores vieran en él ese parecido.  

Tuve siempre la impresión de que en literatura le gustaban más los escritores norteamericanos, tal vez porque encontraba que la narrativa escrita por ellos se ajustaba a su propia visión del cuento; o, dicho de otra manera, a cómo él sentía esa forma literaria. Porque para él, lo importante era sentir la literatura y, por lo tanto, sentir en ella la vida; o sea, que para él el cuento era importante porque, en su brevedad, podía hacer sentir la vida misma: era para él la forma literaria que reflejaba más fielmente la esencia de la vida, así como él la concebía. Poli veía que el cuento posee la virtud de – sin artificio alguno – incorporar en su estructura más natural, los valores esenciales de la vida humana junto con los valores sociales que predominan en la sociedad que los refleja. Podría resumir esta idea escribiendo que para el escritor Poli Délano, el  cuento es un arte narrativo capaz de recoger en su estructura elemental tanto la dimensión del dolor como la de la dicha del alma humana en tanto que experiencia vital de la vida social.

Ricardo A  Figueroa, Londres 08.11.2020.