De la región Antártica famosa

De la región Antártica famosa

de Micaelina Campos, escritora y acuarelista; participante del Taller de Poli Délano

“Araucarias”
de Micaelina Campos

De la región Antártica famosa …

Tengo mucha sed. Cómo todas las tardes, despierto ávida de agua. Es difícil hablar, la garganta está seca. El polvo que dibuja surcos en mi cara también se ha pegado a las cuerdas vocales como se adhieren los harapos a mi piel deshidratada. Los ojos y la nariz ya no se me humedecen.

Recuerdo (o tal vez soñé) cuando era pequeña y la lluvia caía en cascadas, resbalaba por la piel y mis hermanos corrían a beber el aguacero, abriendo la boca cara al cielo. A veces, cuando consigo dormir, sueño que mi madre me lava el cabello con un chorro de agua que fluye desde un caño. Despierto, toco mi cabeza calva y algo me obstruye el pecho. Sé que mamá guarda un saquito donde atesora algunos de nuestros últimos mechones de pelo. Supongo que no soy la única que sueña con líquidos derramándose desde las alturas. Aunque nadie lo dice, estoy segura que a otros también les sucede. Tal vez prefieren no hablar para no gastar saliva.

Hoy ya nos repartieron nuestra cuota diaria de agua: un vaso para los menores, media taza para los adultos; pero yo sigo con sed. Por suerte  estoy en la cuadrilla de los niños, éste es mi último año. Tengo quince, aunque soy menuda para mi edad.

Somos parte del último grupo que partió hacia Tierra del Fuego, escapando de Santiago, que ya está convertida en una ciudad calcinada, igual que Buenos Aires, Sao Paulo, Mendoza o Concepción. El desierto es el paisaje que nos rodea.

Dicen que en la Antártida, aún hay hielos que se derriten. Que existen lagos no contaminados, pozas de agua tan grandes en las que se puede sumergir el cuerpo entero. Parece que hay árboles también.

Aunque hace mucho frío, viajamos caminando por las noches. De día el sol enceguece y la radiación ultravioleta nos destruye la piel. En la madrugada, antes que los cielos se tiñan de lila, buscamos cuevas oscuras. Y cuando cruzamos poblados, entramos en casas deshabitadas y cerramos puertas y ventanas. Adentro extendemos nuestras carpas térmicas para lavarnos, comer y descansar. Nos limpiamos con toallas mojadas en aceite.

En nuestro grupo soy la única niña, hay varios chicos de mi edad aunque con sus cabezas calvas se ven mucho mayores. Se burlan de mí, diciendo que soy una chiquilla que nunca se va a convertir en mujer. Sin embargo mi cuerpo ha crecido casi hasta al tamaño del de mamá. Tal vez ya estoy comenzando a envejecer, algunos surcos se marcan en mi cara. La pena se seca en mi interior.

Mi madre viene a despedirse antes de dormir. A ratos no la reconozco: tiene toda la piel arrugadita y se le han caído varios dientes. En mayo cumplirá treinta y dos, cinco años menos de la edad que tenía mi padre cuando murió. Igual que él, ella tiene las piernas y los pies muy hinchados.  Sobre la chaqueta que siempre viste lleva pegada la foto de una cabaña bajo unos árboles que se llamaban araucarias: la casa donde nació en la Patagonia. No lo dice, pero creo que abriga la esperanza de encontrarla igual que la imagen, aunque sabemos que esos bosques lluviosos han desaparecido hace ya varios años.

Mi padre trabajaba en una planta desalinizadora en Valparaíso. Cuando cerró, le pagaron con tambores de agua potable. El desempleo asustaba a todos, pero en vez de buscar otro trabajo en la ciudad, papá decidió usar esos recipientes y transar nuestros cupos para este viaje. Seguro que de tener los depósitos en casa nos habrían asaltado. En esa época comenzaron a pulular los “ladrones de aguas”.

Mamá me consuela de las burlas de los muchachos

– No les hagas caso, a esta edad los chicos y las chicas siempre pelean. Ya verás cuando seas mayor, ellos te seguirán como moscas. Hay muchos más hombres que niñas-. Me hace un cariño en el vientre.

– Mamá, es que tal vez nunca sangre, he escuchado que por las radiaciones …-

– No te preocupes, algunas niñas tardan en llegar a la adolescencia-

Al anochecer ella me trae en un frasquito parte de su ración de agua.

-Todos los días te guardaré un poco, te ayudará a hacerte mujer- me susurra al oído. 

He observado que cuando los adultos duermen en las tiendas, varios chicos salen al alba a hacer excursiones  clandestinas. Revuelven  los basureros en busca de tesoros.

Una noche cuando reparten la comida, un muchacho de otro grupo  me invita a salir por la madrugada. Se llama Pedro y me dice que ha ubicado un lugar donde hay arbustos resecos. Temblando ante la idea  de que se burle de mí igual que los otros,  le contesto que no me atrevo, que mi madre no quiere que me exponga a la luz del día porque mi cutis es muy delicado, que mis hermanos murieron de cáncer a la piel, como tantos otros.

– No importa- contesta -pero espérame en la parte trasera de la tienda- Antes de despedirse me ordena- Tápate con unas mantas oscuras, Eva- Me gusta como dice mi nombre.

Veo el amanecer escondida en los cobertores. Bajo la luz mortecina, las heridas de la tierra seca parecen arrugas gigantes. Las sombras de los merodeadores culebrean entre esas rendijas. Después de un rato, más largo que un siglo, llega Pedro con varios bultos de distintos formas y tamaños.

– Traje un regalo para ti, Eva-murmura mientras me muestra unas pelotitas color amarillo. Mi nombre en su boca suena aún más dulce que la ofrenda.

– Aunque la cáscara está dura, si se les hace un orificio sale un  jugo amarguito- Estiro mi brazo para tomar el regalo y descubro unas manchas sobre la piel de mis manos.

Cuando cruzamos una ciudad que se llamaba Osorno, Pedro me cuenta que su papá dice que todo comenzó con la destrucción de una selva llamada Amazonas. Era una jungla tan grande que los árboles tapaban el sol. Bajo ellos crecían macizos con frutos rojos y amarillos y habitaban animales de todos los tamaños. Un río más ancho que varias ciudades cruzaba esa selva desde la Cordillera hasta el mar. Pronto se acaba nuestra provisión de naranjas, pero no importa, Pedro y yo ya somos amigos y me enseña  trucos para esconderse en los basurales sin ser herido por la luz del sol. Durante sus excursiones siempre lo espero detrás de la carpas hasta que se aproxima y me llama:

            -Eva, Eva…

El mismo día en que descubrimos unos troncos quemados, un flujo oscuro mancha mis ropas. Esa noche le pido a mamá que ya no se prive de su ración de agua. Ella llora y me besa la frente. Para consolarla, le regalo unas semillas secas que dice Pedro se llaman piñones.