Amongelatina

Amongelatina

De Mirtha Parada Valderrama.
Química farmacéutica e integrante del Taller de Poli Délano

Manuela camina rápido tratando de no llamar la atención. Lleva un bolso colgado en el hombro derecho, se dirige hacia el poniente por Avenida Agrícola en dirección a Pedro de Valdivia. Afirma fuerte el bolso de cuero para evitar algún movimiento brusco y porque va tensa y con miedo. Se dirige a la casa de Sara que vive cerca de las torres de Apoquindo, el micro 36 que hace el recorrido Pedro de Valdivia, Providencia, Apoquindo, le sirve.

¿Por qué me meto en estos líos?, piensa, la ropa que tengo es artesanal y por más que me ponga algo diferente siempre me veo hippie, debe ser por mi pelo crespo y largo, se responde mientras camina.

Sabe qué si la pillan con esos implementos, caerá presa y tal vez hasta la torturen. Respira hondo tal como aprendió en sus clases de danza, y vuelve a sentir ese placer que le produce bailar por las calles en comparsa al ritmo de los bombos y los flautines. Prefiero bailar en lugar de tirar piedras y hacer barricadas, continúa en sus reflexiones. Las danzas son las barricadas, detienen el tránsito e incluso las lacrimógenas y los balines, ya que todos quedan estupefactos con esta marcha tan inusual. Sonríe al recordar la emoción que le produjo el sonido del cuerno que tocó ese profesor de estética de la Universidad Católica, cuando iban saliendo de la concentración del parque O’Higgins y que detuvo por un instante los disparos de la policía.

La caminata hacia la parada es de tres cuadras, en las primeras dos están las casas de villa, construidas por los españoles dueños del servicentro, la ferretería, la panadería y el supermercado del barrio. A continuación, la población 23 de enero, antiguas tomas del gobierno de Frei Montalva, a las que, en la Unidad Popular, Allende les hizo un baño y cocina, para que se adosara a las casas que los pobladores ya habían levantado.

Hoy sábado Manuela estaría ensayando para la presentación en el Sindicato. Si no fuera porque hace un par de fin de semanas atrás, tuvo que ir junto con otros jóvenes de su militancia a un entrenamiento militar. Aprendieron arme y desarme de una pistola y teoría – práctica de manejo de explosivos. El hombre con bigotes que los entrenó llegó con un bolso de esos que usan los maestros de la construcción, no despertó ningún tipo de sospecha, se notaba su experiencia, dio su nombre de chapa, miró a cada uno de los jóvenes que se encontraban en el lugar y les dijo que el haría la instrucción y que si alguna vez lo veían en la calle pasaran como si no lo conocieran.

Eso fue un domingo y al otro día en el casino de la facultad, los amigos militantes que habían ido a la instrucción se reconocieron a lo lejos, rieron con complicidad y jugaron distantes uno de otro a parapetarse, avanzar sin descuidar su espalda y lanzarse disparos imaginarios, sin que nadie más se diera cuenta.

Eran tiempos de efervescencia popular en contra de la dictadura, y la facultad de ciencias, cuyo campus limitaba con Avenida Grecia, era un campo de batalla todos los días, los alumnos salían saltando la reja por el lado de los laboratorios y hacían barricadas para interrumpir el tránsito. La situación era insostenible, así que las autoridades designadas de la universidad decidieron subir la reja para que los estudiantes dejaran de protestar y volvieran a sus clases.

A la reunión de base de ese día, llegó la instrucción que había que volar la reja. Los jóvenes se miraron y dijeron – ¡pero si nosotros sabemos armar y desarmar un explosivo, es fácil! -Entonces sin mediar mayor reflexión, se tomó la decisión, la actividad se haría coordinada con los militantes de la facultad de ciencias, había que planificar la acción.

Pedro y Manuela, pasarían caminando por fuera de la reja recién instalada, irían tomados de la mano y se besarían como pololos, la acción se haría al atardecer, y dejarían la amongelatina con la conexión justo en el momento en que un auto los recogería para desaparecer antes de la explosión.

Manuela tenía susto, pero la movió la convicción de que una acción como esta, sumada a otros actos de rebeldía, contribuía a desestabilizar la dictadura militar, que ya llevaba muchos años y cuantiosas muertes a costa.

Se juntaron en la casa de Pedro para ultimar detalles y recibir el material, Pedro vivía en ese lugar gracias a un nexo familiar con los dueños de la casa, que permanecían fuera del país. En términos prácticos el lugar no era el mejor para este tipo de reuniones, porque era conocido y podía estar en la mira de la CNI, pero los jóvenes no veían el peligro.

El día de la reunión la casa estaba llena de gente en otras actividades, pero todos eran de confianza y de alguna u otra forma algo hacían para que el tirano cayera. A Manuela le habían dicho que alguien traería el material. Cuando llegó el mensajero se sorprendió, porque era un compañero de su facultad, incluso de su misma carrera, conocía de su militancia, pero le llamó la atención que fuera él, quien llevara el explosivo y más aún que anduviera con tal cantidad. El joven sacó una bolsa bastante extraña, de un material engomado y elástico, y a Manuela le dio la impresión de que desde la bolsa se podían sacar los tubos de amongelatina, pero no se podían volver a meter. El compañero de carrera de Manuela, preguntó – ¿cuántas quieren? – y ellos dijeron -sólo una-, porque sabían de antemano, que con un solo tubo era suficiente para hacer volar un muro completo, los jóvenes se quedaron con el explosivo, el cable y el detonante, Pedro guardó todo para llevarlo el día de la acción.

Al otro día en la facultad, Manuela recibió la noticia de que la actividad ya no se haría. Al Comité Central le pareció irresponsable que un grupo de jóvenes casi sin instrucción hiciera este tipo de acciones militares. Manuela sintió un alivio muy grande y se fue al laboratorio de fisicoquímica que le tocaba durante toda la tarde. No vio a Pedro en todo el día como para comentar del asunto, ya que él estudiaba en ciencias y ella ese día tenía clases en otra sede.

Cuando Manuela llegó a casa, su mamá la esperaba, estaba enojada y preocupada, le dijo – Vino Pedro, preguntó por ti, le dije que estabas en clases, entonces llegó entró a tu pieza y te dejó algo en el cajón del escritorio –.

Manuela supo de inmediato de que se trataba, su primera reacción fue de rabia, luego de preocupación, le tuvo que contar a sus padres y a todos los que vivían en su casa. Sus papás la apoyaron, pero ¿cómo solucionarlo? No podían botar eso a la basura, sería irresponsable, ni tampoco enterrar en el patio, porque lo único de tierra que tenía esa casa era el antejardín. También, se hacían ahí reuniones políticas y el barrio sabía que esta familia era antidictadura. Decidió por esa noche guardar la amongelatina en el zócalo del closet de su pieza, el detonante lo puso en una cajita que le pasó su mamá.

No durmió en toda la noche pensando que vendrían a allanar su casa. Temprano en la mañana se fue a la universidad, se acercó al compañero que días antes le había entregado el material, para pedirle ayuda. Él le contestó – no es mi problema arréglatelas tú-. Les comentó a sus compañeros de base y ninguno supo qué hacer, estaba angustiada, así que le habló a otra compañera que no era de su misma militancia, que desde hacía tiempo quería que Manuela se cambiara a su colectividad. Sara lo pensó, habló con algunos contactos y le dijo que, al día siguiente, que sería sábado, se lo fuera a dejar a su casa, ellos se desharían del asunto.

El sábado por la tarde Manuela, sacó la amongelatina de su escondite la metió entre medio de un paquete de toallas higiénicas y lo puso en su bolso de cuero, colocó el detonante en el bolsillo delantero, pues sabía que no se podían juntar, algo que les había recalcado el hombre aquel en la instrucción de días atrás.

Manuela llega al paradero, espera un rato que pase el micro, decide no pagar escolar, para no tener que lidiar con el chofer y menos llamar la atención. El recorrido era largo, se acomoda en un asiento y saca unos apuntes de química orgánica, tenía prueba la semana siguiente y había mucha materia. Estudiaba una carrera difícil y no era fácil compatibilizar con todas sus actividades.

Cuando está cerca guarda su cuaderno, y echa una mirada dentro del bolso para corroborar que todo va bien. Ya había ido antes a la casa de Sara. Casi llegando a las torres de Apoquindo, el micro se detiene en un semáforo. En ese instante escucha sirenas de radiopatrullas y ve por la ventana una camioneta doble cabina. En el techo tiene baliza, en el interior van cinco hombres, dos de ellos asomados por las ventanas con fusiles AKA y haciendo señas para que les abran paso. Manuela siente que su espalda se moja de sudor, la camioneta avanza a gran velocidad en segunda fila, piensa que son CNI. En esos momentos quiere desaparecer, convertirse en nada, desdoblarse. Manuela piensa en sacar el paquete de toallas higiénicas y dejarlo en el piso y luego bajarse del micro. Sería una locura, repara. El vehículo de los CNI intenta ponerse delante del micro. Entonces Manuela alcanza a ver la cara de algunos de los ocupantes, los que llevan fusiles usan lentes de sol y uno de ellos tiene bigotes. Manuela aprieta el bolso y siente las manos sudadas, aguza la mirada y un rayo de pensamiento se aloja en su cabeza. Asocia la imagen que había visto por la ventana del micro con la de aquel domingo. Era el mismo bigote, el mismo hombre. ¡No eran CNI!

La camioneta dobla en segunda fila hacia el sur. El semáforo cambia de luz y el micro avanza por Apoquindo hacia el oriente.