Yo maté a Poli Délano

Yo maté a Poli Délano

de Juan José “Juanjo” Lizama Ovalle

Juanjo es ingeniero civil industrial e integró el Taller de Poli desde 2011  a 2017

Yo maté a Poli Délano

A la memoria de mi amigo Poli Délano, por todos los brindis que no llegamos a hacer.

¿Qué hora es? Las dos de la mañana ¿Y tú qué haces acá a esta hora? Vengo a matarte. ¿Me estás hueviando? No, no te estoy hueviando, esta mañana me pediste eso, ¿o no? Sí. ¿O te arrepentiste? Porque si te arrepentiste, dímelo y me voy de este hospital. No, no, por favor, procedamos, dime ¿cuál es la fórmula? No lo sé, solo vine a matarte, no pensé cómo. ¡Ah, no!, esa no es la idea. ¿Y cuál es la idea entonces, Poli? Morir, pero en silencio y en la literatura. Entiendo, entiendo. No, no lo entiendes, pero tan solo hazlo. Y los demás pacientes, ¿dónde se fueron? ¿Cuáles pacientes? Los que estaban acá, en las camillas frente a ti. Ah. ¿Los recuerdas? Sí, los recuerdo. ¿Los dieron de alta? Léeme un cuento, y luego me matas. Ok, pero ¿cómo te mato? Léeme el cuento, después vemos cómo. Dale. ¿Qué es dale? Nada, no te preocupes. ¿Cómo que nada? Traje whisky, ¿quieres un trago? Sí, claro. Llevo veinte días de abstinencia, necesito un whisky, dámelo. Bueno, toma, tómatelo al seco. Claro, al seco. ¿Cómo está? Impecable, no sabes cuánto lo necesitaba. Sí, lo sé, es decir, Juan Camilo me lo dijo esta mañana: Poli está verde por un whisky. Sí, llevo días pidiéndole, pero no se atreve a dar el paso, le tiene miedo a mi hija y a mi mujer. Es normal. Nada es normal, ahora déjate de huevadas, léeme el cuento. Déjame abrir la ventana. Pero va a entrar el viento y nos dará frío. ¿No quieres morir? Sí. Entonces, abramos la ventana. Qué cuento trajiste. Traigo varios, para que elijas. No quiero elegir, no estoy de ánimo. Entiendo. Lee, lee por favor. Bueno, escucha…

…El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido. Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo. Fin. Gracias, gracias. Es la hora. Dame otro corto de whisky mejor. Bueno. ¿Qué haces? ¿No querías whisky? Sí, pero por qué te paras al lado de la bolsa del suero. Para darte whisky. Oye, ¿Qué estás haciendo? Dándote whisky Poli, dándote whisky. ¡Hey, para! quiero un corto en vaso, no a la vena, ¡detente! Llegó la hora Poli, hagamos todo de una vez. ¡La hora de qué huevón! De matarte. ¿Matarme? Sí, acabemos con tu sufrimiento de una vez, ¿o quieres vivir con esa neumonía y en silla de ruedas lo que te queda de vida? Los doctores dijeron que la neumonía va cediendo, y que podían operarme con éxito el coágulo de la médula. Juan Camilo dijo que los doctores hablan puras huevadas. Es cierto, ¡qué huevada! ¡Mátame mejor! Ahí va Poli, siente el calor en el brazo, como avanza por tus venas hasta llegar a tu corazón. ¡Mátame por la cresta! ¡Ayúdame a salir de acá! Tranquilo, de a poco, eso, así, eso, tranquilo Poli, todo va a acabar. Ayúdame. Ayúd… Eso Poli, duerme, este es tu último brindis, la última botella de whisky, como si fueras joven, tómatela toda, completa, tú solo, eso, así… La muerte está en los catres: en los colchones lentos, en las frazadas negras, vive tendida, y de repente sopla: sopla un sonido oscuro que hincha sábanas, y hay camas navegando a un puerto en donde está esperando, vestida de almirante.

II

El féretro está en el hall central de La Casa del Escritor, en la SECH. Lo rodean claveles, rosas y liliums que inundan la sala con una fragancia de despedida. Sobre la tapa del ataúd hay una bandera del Partido Comunista. El estandarte quiere abrigar el cuerpo de Poli Délano en su despedida.

El salón está lleno. El aire es cada vez más pesado. Las lágrimas brotan como las flores en primavera en los rostros de quienes vienen a despedirse.

Se canta un tango de Pugliese, a capela. Remembranzas, de Pugliese, a capela.

Antes de que el cortejo decida emprender rumbo al cementerio, levanto una mano y con voz trémula pido un lugar, y silencio, para hablar. Quiero decir algo, por favor, les pido que me escuchen:

El martes recién pasado volví a visitar a Poli en el Hospital del Tórax, donde había sido trasladado porque la neumonía no cedía. Lo vi mal, muy mal. Esta vez no había nadie en la habitación. Me saludó, sin mirarme, y con la amabilidad habitual. Me preguntó, como siempre lo hacía, por mi señora y mi pequeña hija. Por su nombre, claro está, porque sin falta me preguntaba por ellas cuando nos veíamos. También al despedirse me decía: dale saludos a Natalie y Antonia. Su memoria era a prueba de balas. Ese día en el hospital le respondí que estaban bien, lindas como siempre.

Yacía acostado, con el mentón pegado al pecho, y los ojos cerrados. Yo estaba silente, a un lado de su cama. Entonces, abrió los ojos y me dijo: ven, acércate. Me acerqué. Continuó: quiero que escribas un cuento, un cuento donde los dos seamos los protagonistas, y cuyo argumento sea que tú me matas acá en este hospital de mierda. Me matas con cariño, y con sutileza, y con literatura, de tal manera que la gente piensa que es un suicidio.

Volvió a cerrar los ojos. Al escucharlo me estremecí. Luego tomé su mano, acaricié su cabello, y con unas palmaditas suaves en el hombro le dije al oído: te quiero Poli, te quiero. Y me fui, pensando en que iba a escribir ese cuento.

El vuelo de una mosca corta como con una gillete el aire que satura el hall central. Parece una escena de cine mudo. La gente mira. Se mira a los ojos, y hay gestos que no logro descifrar en el encuentro de miradas. De a poco dejan de prestarme atención. Me siento como cayendo en un abismo infinito, sin destino, sin futuro, sin posibilidad de detenerme, solo cayendo. El roce de una parka me alerta que la gente comienza a moverse, un barullo tímido en el comienzo, se hace cada vez más latente, y mi figura se va difuminando, y luego de unos segundos, ya nadie me mira. Siento como que hubiera desaparecido.

Llegó el auto, dice alguien. Seis hombres agarran el ataúd. Tres por cada lado. Son ellos los primeros en salir, seguidos por la multitud que como por un embudo va saliendo a paso lento.

Hay sollozos.

            El salón va quedando vacío, hasta que solo puedo observar las coronas y ramos de flores que poco a poco son llevadas por unos hombres de camisa celeste rumbo al auto donde Poli Délano recorrerá por última vez las calles de Santiago.

Cuando ya todos se han ido, me siento en una silla.

Agarro mi teléfono móvil. Observo el reflejo de mi rostro en la pantalla, el brillo de mis ojos, la palidez de mis mejillas. Abro mi Gmail y busco todos los mails que recibí de polidelano@gmail.com.

El primero que leo es uno cuyo asunto es «Gracias Poli…». Esa cadena la partí yo. Escribí el 16 de junio de 2017:

Hola Poli,

Quería darte las gracias por tu comentario a mi cuento ayer. Me dio mucha alegría, y satisfacción y gratitud. Me dio ilusión.

Abrazo

JJ

Poli respondió al día siguiente, el 17 de junio:

JJ: no fueron elogios vacíos. Estoy impresionado de tu progreso hondo y rápido. Creo como tú, que se deben a tus lecturas y al taller, pero el motor fundamental es tu pasión.

Un abrazo para los tres con mi cariño,

POLI

Reviso mails de 2012, de 2013. Quiero ver cuál es el último, de cuánto tiempo atrás. Fue del 11 de julio de 2017. Un mes antes de su muerte. Poli escribió lo siguiente:

JJ: si vas a comprar algo de Simenon, pregunta por Carta a mi juez»…

Saludos,

POLI

Una opresión en el pecho me impide respirar con normalidad. Una lágrima cae sobre la pantalla de mi teléfono. Aún puedo percibir el aroma de las flores, triste y oscuro. Olor a muerte, a despedida.

Me pongo de pie, y salgo de la SECH. Afuera es noche.

Poli, afuera es noche. Tú vas de camino al cementerio, o tal vez ya llegaste, quizá ya estás solo en el cinerario. Por mientras, yo camino con las manos en los bolsillos, sintiendo en la punta de mi nariz el aire frío que corre con suavidad por Santiago. Está nublado. Los faroles del Parque Bustamante recién han comenzado a iluminar. Un grupo de jóvenes ríen, y toman cerveza. Escuchan Lucha de gigantes. Camino. Camino con las manos en los bolsillos. Observo los bares y la vida de calle Santa Isabel. Escucho las risas, el choque de los vasos, mientras los «¡salud!» se multiplican, así como los rostros jóvenes que beben con pasión. Por un instante, pienso en las escenas de fiesta que estampaste en Un ángel de abrigo azul, por un instante creo que existe la posibilidad que aparezcan esos personajes, Enrique Lihn, Rubén Azócar, y Roberto Falabella por ejemplo, junto a ti Poli. Por un instante, creo que tú también estás ahí, esperándome, para invitarme y presentarme a tus amigos, leyendo este cuento a viva voz, riéndote de la muerte por mi loco afán de asesinarte con un whisky a la vena, burlándote también del manto negro, de ataúdes y cementerios. Ironizando con la posibilidad de morir en la literatura, vulnerando el tiempo, y la conciencia. Mientras tanto camino. Camino con las manos en los bolsillos. Frente a una vitrina oscura puedo ver el reflejo de mi rostro, otra vez. Mis ojos hinchados son de una ternura infinita, y también de una tristeza que se come todos los colores que alguna vez pude tener, dejando mi corazón negro, como la noche, y también como la muerte. La terraza del Hemingway está vacía. El interior está vacío también, solo veo a la chica que atiende las mesas. Me siento justo abajo de la foto de Hemingway. Lo miro, y pienso en Fiesta, en que fuiste tú Poli quién me dijo que su título era The sun also rises. Pienso en que te pareces a Hemingway, al menos en esa foto. Un Martini Seco, por favor. Sí, bien seco, como le gusta a Poli Délano. Me lo tomo de un sorbo. Pasan pocos autos por Bilbao. Cuento el intervalo entre uno y otro. Juego con el agua que la copa congelada dejó como huella sobre el individual de plástico que tengo en mi mesa. Con el dedo índice hago figuritas. Poli, afuera es noche, y la noche arrecia.

Con el vaso vacío en mi mano, pienso en esa última despedida, en el Hospital del Tórax. Recordar ese momento me da una calma infinita, casi una alegría. Cuando te di unas palmadas suaves en el hombro, y acercándome a tu oído te dije: te quiero Poli, te quiero.