La cuerda

La Cuerda

de Roxana Álvarez ; Integrante del Taller de Poli Délano
El cuento “La cuerda” fue seleccionado en el concurso de revista Paula 2001 y publicado, ese año, en el conjunto “Cachorro y otros cuentos”.

La Cuerda

Todo había salido bien en el despegue -celebró Angelino-, contemplando como lentamente los altos picachos de la Cordillera de Los Andes, dibujados apenas por las últimas luces del atardecer, iban quedando abajo y el avión estabilizaba su rumbo. Por eso, cuando la aeromoza se acercó para ofrecerle un trago, lo aceptó feliz.

Observó los hielos flotar en el licor y recordó con claridad el mohín caprichoso con que su hija había obtenido la promesa. Los viajes en avión le provocaban temor, pero cuando ella, al poco tiempo de casada, partió a España por asuntos del trabajo de su esposo, quedó decidido: viajaría. Ahora que estaba jubilado no tenía ninguna excusa, disponía de tiempo y su pensión, tras treinta años de servicio, le permitía ciertas holguras. Sosegadamente recordó a su mujer, que había muerto tiempo atrás, e imaginó que habría estado encantada con el viaje. Agitó el licor esbozando una sonrisa y lo bebió rápidamente.

Miró por la ventanilla y absorbió con su vista la oscura inmensidad de la noche, la luz centelleante en el ala y la plateada claridad de la luna sobre la turbina. El vuelo directo a Madrid duraría trece horas. Las azafatas ya habían retirado las bandejas de la cena y los pasajeros observaban un video, leían un libro o descansaban. Una paz húmeda y ronroneante, ocasionalmente interrumpida por una tos seca, invitaba a dormir.

Angelino recostó su sillón cuanto pudo y estiró el apoya pies. Está bastante estrecho –se dijo-, pero recordó que había pagado menos por el pasaje en clase turista y que en ese momento había aplaudido su decisión. Luego de acomodarse, observó a la joven que viajaba a su lado, hacia el pasillo: dormía profundamente y su cuerpo delicado calzaba perfecto en la butaca.

Durmió algo más de tres horas. Al despertar tenía la boca reseca, estaba sediento y cansado. Observó a su compañera durmiendo plácidamente y se movió incómodo en el sillón. Tenía las piernas acalambradas y la sangre le molestaba en el cuerpo. Previendo esta situación, había optado por calzar unas zapatillas de lona muy livianas y vestir un pantalón holgado. Sin embargo, las zapatillas estaban ceñidas a sus pies, debía tenerlas marcadas, incluso el tejido de los calcetines. Contra sus deseos, su férrea voluntad y sus buenas costumbres, deslizó los pies fuera del calzado. Miró a la muchacha, por suerte ella no se había percatado de su falta. Finalmente, las tiró bajo el asiento y cubrió sus pies descalzos con la manta.

Las arrugas del pantalón se incrustaban en su trasero y en las ingles. Si no estuviera tan gordo –pensó- y comenzó a recordar los ejercicios que solían hacer en la Escuela: tras cavar en la tierra se zambullían en la trinchera y podían pasar allí horas y horas, aguardando. Tan sólo la instrucción del Teniente Morales les podría liberar de ese hacinamiento. Pero entonces tenía menos kilos, menos años y una vocación que transformaba los calambres en una dulce cruz.

En vano trató de acomodarse. Pensó en salir al pasillo, quizás ir al baño y aliviar esa molestia, pero ella seguía durmiendo y no quiso incomodarla.

La luz de lectura que alguien mantenía encendida un par de asientos más adelante apareció ante sus ojos con la tenue luminosidad de aquel cuarto en la vieja casa de Recoleta, veintiséis años atrás.

—Comunista, conchatumadre –escuchó al capitán Barahona al otro lado de la pared.

—¿Dónde están las armas? –gruñó enseguida el teniente Cabrera.

—¡Púdranse! -se oyó retumbar en las habitaciones vacías la respuesta del detenido. 

Unos instantes después escuchó el golpe —imaginó la sonora bofetada en pleno rostro— seguido de un sordo lamento que rasguñaba las paredes de la bodega abandonada.

—¿Por qué nos hacen esto? —dijo lastimero el otro, el que estaba a su cuidado y que pronto se enfrentaría al interrogatorio.

No recordaba el nombre de ese desgraciado. Estaba sentado en una vieja silla plegable, traída tal vez desde el gimnasio de un colegio. Las sogas pasaban por sus pies, amarraban sus manos adelante y firmemente su cuerpo al respaldo de la silla. En la habitación contigua interrogaban a Orella. Su nombre si lo recordaba, porque ese era un rojo auténtico, de aquellos que daban motivos para su detención.

Sentado en una silla, Angelino vigilaba desde la entrada de la bodega, las manos apoyadas en un pupitre de madera gastado y brillante. Bajo la claridad espectral que otorgaba una luz fluorescente intentó observarle: el cabello revuelto caía sobre la cara y por entre los mechones relucían sus ojos como carbones encendidos.

Lo sentía quejarse. Adivinaba el rostro sudoroso, su cuerpo incómodo. Le provocaba una gran inquietud tenerlo tan cerca y a modo de distracción, cogía un lápiz grafito roído, lo apoyaba sobre el pupitre y lo hacía rodar hasta que se alojaba en la muesca del banquillo.

Habían pasado ya varias horas, con Orella tenían para rato, y la noche se preveía exasperantemente rutinaria. Barahona y Cabrera salieron a fumar al patio.

El avión se desplazaba por el cielo iluminado por relámpagos. El viento sacudía la nave como la cola de una cometa.

—Atención, por favor —indicó una de las azafatas por el altoparlante.— Estamos en zona de turbulencia, levanten el respaldo de sus asientos y abróchense los cinturones. No se preocupen, esto es normal en esta época del año.

Los truenos rugían cada vez más cerca.

Las carcajadas de Cabrera resonaban en el antiguo corredor. Unos minutos más tarde el joven le dirigió la palabra.

—Aflójelas un poco —dijo suplicante—. Me siento mal.

De primeras Angelino no le prestó atención. Los ojos del prisionero se clavaron en él.

—Aflójelas un poco, por favor —volvió a escuchar y algo en el tono de esa voz le impulsó a levantarse.

Con visible embarazo se acercó hasta la silla, lentamente, y observó las cuerdas sopesando lo que implicaba esa petición.

—¡Volvamos a concluir el trabajo! ¡Quiero terminar cuanto antes! —escuchó decir a Barahona, al tiempo que un portazo daba por concluido el recreo.

Entonces retrocedió y, dando media vuelta, se dirigió hacia su pupitre. El detenido era apenas un muchacho, se preguntaba qué podían tener contra él. Pensó en preguntarle al capitán, pero desistió. Cabrera se burlaría, preguntándole socarronamente si se estaba volviendo rojo.

Los habían recibido a las nueve de la noche, pero no pasarían mucho tiempo allí, pensaba. Pronto serían puestos en libertad o trasladados. El joven en la silla sería liberado, el otro se estaba ganando una temporada en la parcela. Así le decían a ese lugar algunos oficiales, sin entrar en mayores detalles.

Sin poder determinar el tiempo que había pasado, se sorprendió por un nuevo estallido en el aire. Ahora la tormenta, con toda su furia, descargaba el agua sobre la nave. El incesante balanceo mantenía a todos despiertos.

Le molestaba el abrasador contacto del cinturón de seguridad contra su cuerpo. Hizo un masaje en sus muslos, con las manos, y estiró los pies unos minutos moviendo los tobillos. Un desagradable dolor, parecido a un calambre, se había apoderado de sus piernas.

—Subteniente, tráigame el otro —escuchó rugir a Barahona desde la habitación contigua, mientras Cabrera salía hacia el patio con el detenido ya interrogado.

Se levantó con dificultad. El frío de la mañana próxima y las horas de inmovilidad habían aterido sus miembros. Se acercó al joven, sacudió el hombro del muchacho y comenzó a desatar las amarras de la silla.

—Ya, poh, levántate —dijo alzándolo, pero éste no se movió.

La cabeza le caía lacia sobre el pecho y parecía no haber escuchado. Tomó su mano y la sintió fría. Instintivamente puso su oído junto al pecho del prisionero: el pulso se escuchaba muy débil.

Acercó el vaso de agua que estaba sobre el pupitre y le ofreció unos sorbos. Nada. Luego se la arrojó al rostro. Recordaba haberlo hecho con rabia, con la rabia que podía generar un contratiempo como ese.

—Ocampo, ¿qué espera? —escuchó a Barahona impaciente al otro lado—. No voy a estar en esto toda la noche.

Antes que pudiese contestar y al tiempo que Cabrera reaparecía frente a la puerta, el joven cayó al suelo.

—¿Qué le ha hecho? –rezongó enfurecido Cabrera.

—Nada, teniente; ha estado sentado allí toda la noche —respondió, temblando.

Ambos miraban el bulto caído en el suelo. Cabrera no se decidía a auxiliarle. Angelino sentía que la escena no habría sido distinta si el camión de aprovisionamiento hubiese caído a un río. Inmóviles, observaron. El que primero que actuara habría de reconocer la culpa (esos momentos de egoísmo jamás se los perdonaría).

El joven emitió un quejido. Pensó entonces que no todo estaba perdido y se agachó para atenderle. Le soltó las cuerdas y lo recostó en el suelo mugriento de orines de rata.

A su espalda, sobre el piso entablado, escuchó los pasos de Barahona.

—¿Qué está pasando? —preguntó en voz alta.

—Parece que éste se nos quiso ir —contestó Cabrera, indiferente.

—¿Y? ¿Qué pasó, Ocampo? ¿No le pedí que lo vigilara?

Recordaba que no había contestado, no había nada que decir. Agregar que Cabrera lo había atado así no habría mejorado las cosas, de momento solo podía tratar de reanimarlo.

El joven había vuelto en sí, pero respiraba con dificultad. Estaba completamente sudado y lo miraba presa de terror.

—¿Qué hacemos? ¿A dónde lo llevamos, para salvarlo?

—¡Que está diciendo, Ocampo! No tiene sentido. No lo podemos llevar a ninguna parte, ¿cómo lo explicaríamos? —contestó Barahona y salió enojado de la habitación mientras encendía un cigarrillo.

Cabrera se desplazaba por la habitación haciendo sonar sus botas en los polvorientos tablones. Cada cierto trecho daba un golpe con el taco, como constatando la firmeza del entablado.

—Si es fuerte se recuperará —dijo enfático—. Es su única alternativa.

Un par de horas más tarde, concluida la tormenta, cuando la azafata anunció que podían aflojar los cinturones logró aliviar un poco la tumefacción de sus miembros.

Las primeras luces del amanecer le sorprendieron con una gran molestia: deseaba ir a asearse lo antes posible, estirar sus extremidades aunque sólo fuera en ese estrecho y corto corredor. Con impaciencia había esperado que la joven despertara, observando con atención la delgada línea de sus labios y sus ojos, a ver si se movían, si se daba por enterada de la luz y el bullicio que pronto comenzaba a generarse.

En cuanto finalizó el desayuno volvió a sentirse incómodo. El breve descanso que había tomado en el pasillo ya lo había olvidado. Prefería el viaje nocturno, con el sillón levemente inclinado sentía fluir su sangre más holgadamente. Lo único que deseaba era salir pronto de allí, dejar de sentir ese ahogo, la opresión en su pecho. Esa garra insistente que le comprimía los pulmones, que le quitaba el aliento mientras su cuerpo sudado empapaba sus ropas. Angustiado, giró sobre su tronco y miró a su alrededor para observar los rostros de los otros pasajeros, para comprobar si iban tan maltratados como él, si anhelaban con la misma fuerza llegar pronto a su destino y que todo terminase.

Las primeras luces del amanecer, que penetraban en la habitación por una ventana alta, lo sorprendieron con una gran desazón. El joven no se había recuperado y expiró, si así podía decirse de esos quejidos ahogados y guturales, al entrar las primeras luces en el cielo. Un delgado hilo de sangre asomaba por la comisura de sus labios. Se agachó para coger por última vez la mano del detenido y con pesar la volvió al suelo cuando no sintió su pulso. Cabrera y Barahona se habían marchado. Salió al exterior, al patio de tierra de esa vieja casa, y contempló la magnificencia del paisaje hacia el norte, la cordillera violeta y abrupta, bajo el cielo enmarañado en nubarrones amarillos, rosas y grises.

—Caballero, eh, señor —dijo la azafata acercándose al asiento luego que la joven avisara que su compañero se sentía mal.

—Está enfermo –concluyó la otra sobrecargo—. Avisaré al aeropuerto para que le atiendan en cuanto aterricemos.

Angelino sintió el frío del invierno madrileño sobre su rostro. Lo bajaban en una camilla, amarrado firmemente con unas correas.

—Descuide —le había dicho la aeromoza, tranquilizándolo, cuando suplicaba jadeante que le quitasen las amarras—, se pondrá usted bien. No tema.

Descuide, escuchaba ya totalmente ajeno de las cosas que transcurrían a su lado. No era un ataque cardíaco, de eso estaba seguro, se decía mientras la camilla rodaba por los corredores. Son las correas, las cuerdas.

No necesitaba más constatación que el sabor de su sangre en la boca.