Marido obediente

Marido obediente


de Jorge Chomalí

Marido obediente

Picó el perejil con torpeza -la cocina no era su fuerte- lo puso sobre el colador metálico, lo lavó bajo la llave y lo arrojó al plato con rabia; junto a la pierna de pollo, las papas y el zapallo. Equilibrando con ambas manos, lo llevó a la mesa y dijo:

̶¿En qué estaba pensando cuando me fui a casar contigo? Me viera mi padre, sirviendo cazuelas. ¡A mí, que me criaron con cuatro empleadas! –luego vertió vino en la copa.

Él, más que leer, repasaba con la mirada perdida el diario de la mañana. El calor del plato sobre el mantel bordado, lo hizo reaccionar, con los dientes apretados, agradeció y dijo:

̶Mi amor, a fin de mes me suben el sueldo, recuerde el grado que tengo ahora. La institución me va a asignar empleada de puertas adentro y hasta un jardinero… -ella lo miró con los ojos pardos echando chispas, la boca apretada, las mejillas regordetas rojas, y exclamó:

̶Sólo espero que sea alguien decente, no como esa china que andabas correteando por las noches, ¿o piensas que no te vi, sinvergüenza? ¡Siempre te han gustado las domésticas, los milicos son así, el terror de los delantales!

̶Mi amor, no meta a todo los militares en un mismo saco; el Ejército de Chile es una institución sagrada, vencedor y jamás vencido…

̶¡Córtala con tus discursos patrioteros, sagrada es mi abuela que crió once hijos! Ustedes son puros cabeza de piedra, por eso se calzan las botas, no les da para estudiar. En mi familia sí que hay académicos de prestigio: mi padre, un gran abogado; mi abuelo, que en paz descanse, un ilustre Senador de la República.

Él se atoró, su rostro pasó en pocos segundos de mate a encarnado. Ella lo miró molesta. Él levantó los brazos y después de toser varias veces, volvió a la normalidad. Remató al seco la copa de vino. Recordó a sus subalternos, ellos le temían y admiraban. ¡Si se enteraran que su mujer lo trataba de esa manera! Cuando estaban recién casados, él le respondía y se armaban unas trifulcas en donde volaban platos y cucharas, con el tiempo comprendió que con su esposa era mejor quedarse callado. Siempre decía que estaba preparado para la guerra con cualquier país, pero no para batallar con su señora. Se sirvió otra copa, sonrió con burla y dijo:

̶¡Qué tanto prestigio mi amor, o no se acuerda de ese primo suyo, peinado a la gomina y con cara de trasnochado; ese escritor que se lo pasaba metido en el Café Torres!

̶Hasta en las mejores familias hay ovejas negras y la mía no es la excepción, en todo caso, los huasos de tu parentela no saben ni escribir –replicó ella

Los ojos azules de él se abrieron al máximo contrastando aún más con su rostro tostado, movió varias veces la cabeza de un lado a otro y luego dijo:

̶Mis familiares no son huasos, usted sabe que mis antepasados venían de Francia.

Sí, eran franceses, pero campesinos ignorantes que pisaban la uva; no como mis ancestros, intelectuales que participaron de la Revolución.

Él carraspeó fuerte tres veces, se limpió con la servilleta que reposaba sobre los muslos, hizo ademán de pararse pero no alcanzó, ella presionó su hombro para mantenerlo sentado. Permaneció pegado a la silla, aunque susurró:

̶Voy a servir el té.

̶¡Desde cuándo, si nunca has lavado ni un vaso! –Ella volvió al rato con una bandeja de plata, sobre la que llevaba el brebaje servido en una taza de porcelana pintada.

̶Gracias –respondió él, mientras echaba azúcar.

̶Nada de gracias, el domingo quebraste un plato y quedó incompleto el juego de loza que me regaló mi madre… porque hay algo claro; todas las cosas finas de esta casa son obsequios de mi familia, los tuyos no saben regalar más que sábanas y colchas baratas, de esas que venden en la Zona Franca.

Él sonrió con los ojos hasta que se convirtieron en dos rayas oblicuas y, por primera vez en toda la cena, los fijó en ella, quien preguntó con brusquedad:

̶¿Acaso te ríes de mí, tengo cara de payaso?

̶No, mi amor, es que a usted no hay como tenerla contenta, palos porque bogas y palos porque no bogas. Siempre ha sido así.

̶Tú sabes que hay una manera de hacerme feliz –respondió ella bajando el tono de voz.

̶Bueno, ya le dije que me subirán el sueldo y gozaremos de muchos beneficios –respondió él.

̶No se trata de plata ni de privilegios, es algo mucho más importante, lo hemos conversado todo el mes… -exclamó ella.

̶No, no mi amor, ya sé lo que está pensando. Puedo tener todos los defectos del mundo, pero soy un hombre leal.

̶Mejor sé leal con tu familia y con tu país, ponte los pantalones, no seas gallina. -Lo miró con dureza y tomó la mano de él con determinación, lo levantó de la silla y lo llevó a ver a sus hijos. En la primera habitación, el mayor, dormía a pierna suelta, sus ronquidos no daban tregua. En la siguiente, el del medio reposaba en completo silencio, ovillado bajo la colcha. En la última pieza, tres niñas de mejillas rosadas, en sendas camas y con sábanas de Disney, dormían como ángeles. La mirada de ella se suavizó al punto que sus grandes ojos se tornaron húmedos, suspiró y dijo en voz muy baja:

̶Augusto, no lo pienses más, piensa en el futuro de ellos, después será demasiado tarde –él soltó la mano de ella, se acercó para besar a cada una de sus hijas y apagó la luz. Salieron de la habitación y después de un largo silencio, él, subiendo el tono nasal de su voz, como si fuera una orden militar, dijo:

̶¡Lucía, mi amor, no se hable más! Llamaré a José Toribio. Mañana me uno al Pronunciamiento.

Jorge Chomalí.

Puente Alto, 20 de septiembre de 2016.