Aplausos

Aplausos

Cecilia Ibarra

Extranjero, tú que vienes de mi pueblo, ¿pasaste por mi casa, has visto si floreció el cerezo?

Fragmento de un poema chino que solo conozco porque Poli Délano lo citaba y se le humedecían los ojos.

– ¡Ana, la corbata roja! ¿Dónde está mi corbata roja? –dijo mientras movía la corredera del clóset para buscar por tercera vez en los percheros.

-La tienes colgada del cuello, papá.

El viejo tomó una punta de la corbata y se puso a acariciar la suave tela. Al rato sus ojos encontraron los de Ana y una sonrisa le llenó el rostro.

-Está sonando mi teléfono, debe ser Alicia que siempre llama a esta hora para preguntar cómo estás –dijo Ana.

– ¿Alicia? ¿Qué Alicia?

-Tu hija menor, papá. Ya no suena, pero voy a devolverle la llamada ahora mismo. Seguro que puedes hacer el nudo tú solo, vuelvo pronto. –Él la miró sin soltar la tela que tenía afirmada y le hizo un gesto de adiós con su otra mano.

Ana le sonrió para luego dar media vuelta y salir del dormitorio. Unos pocos pasos para cruzar el salón y ya estaba en la cocina. Antes de tomar el celular, se llenó una copa con vino rosa bien helado. Sobre el mesón, su teléfono sonaba de nuevo y podía ver la foto de su hermana, de cuidado maquillaje y con la melena alisada, abrazando a sus dos pequeños.

-Ya voy, Alicia, deja que me acomode en el balcón –dijo para sí, mientras el teléfono sonaba. Hola, hermana -Ana tomó un trago de su vino disfrutando la brisa de primavera y la tranquilidad de la calle-. No te preocupes, Alicia, creo que él está pasando por un momento muy bueno, no sé cuánto dure, pero hay que disfru…-Sus ojos miraron al cielo y tomó un par de sorbos mientras escuchaba -. Te digo que por ahora está bien, ¿escuchas cómo silba? –Ana puso su teléfono en dirección al interior del departamento y sonrió mientras se oía la voz de su hermana que no paraba – Creo que silba La Internacional, …. Sí, ha tomado su medicina religiosamente… Sí, está comiendo a sus horas y tiene buen apetito… Claro, el doctor no puede verlo, pero ha llamado por teléfono y encuentra que está bien…. Tranquila, hermana, de verdad que es un buen momento, ¿sabes? Desde ayer ha estado especialmente bien, diría que feliz…Pero, Alicia, no llores, no sacaríamos nada con que pudieras venir, no te sientas culpable. Incluso cuando termine el confinamiento no sería conveniente, especialmente si los niños vuelven al colegio. Él está sano, pero… Sí, claro, eso quise decir, sano considerando su enfermedad, el punto es la edad, por eso es riesgoso que se contagie…Pero, Alicia, tengo que sacarlo a caminar un rato todos los días, necesita hacer ejercicio y está permitido salir en las cercanías de casa, llevamos nuestro salvoconducto… Entiendo, tienes que ir a atenderlos, dales abrazos y besos de su tía favorita, diles que la adivinanza que les mandaré esta noche sí que es difícil, que las de esta semana han sido facilonas pero hoy van a… Adiós, hasta mañana.

Dejó el teléfono sobre la mesita del balcón, junto a la caja de madera donde guardaba el tabaco, los papelillos y el encendedor. “Buena hora para un cigarro” se dijo y, con toda la calma de la tarde en la ciudad encerrada, se puso a liar su tabaco. En el humo de la primera exhalada vino el recuerdo de esa nube con forma de cima de volcán, blanca como cubierta de nieve empinándose sobre la montaña. La habían visto el día anterior, en realidad fue su padre quien se la hizo notar. Caminaban por la Avenida Jules Guesede a la orilla del Jardín Royal.

– ¿Hija, por qué no vamos por dentro del parque? Es tan bonito.

-No podemos, está cerrado por el asunto del virus –dijo, pensando cuántos pasos alcanzarían a dar antes de que preguntara de nuevo.

– ¿No tienes ganas de ver si ya florecieron los rododendros? Entremos por la calle que va al mercado.

-No, papá, no podemos entrar, afuera tiene un letrero que indica que está cerrado por causa del virus.

– ¿Qué virus?

-Anda una gripe peligrosa y hay que tomar muchas precauciones para no enfermarse, por ahora solo podemos pasear por fuera del parque, cerca del canal y en las avenidas grandes.

-En avenidas grandes como esta –dijo el anciano, mirando al final de la ancha vereda cercada por enormes plátanos orientales –, aquí se aprecia mejor este color verde claro de inicios de primavera, de las hojas tiernas, tanto más finas que al final del verano. –Respiraba a sus anchas con la cara hacia las copas de los árboles –. Lo mejor de esta calle es que al fondo, entre los árboles, se ve la cordillera. Tanto que la extrañé.

Ana miró hacia arriba, sobre el final de la avenida y, por un segundo, tuvo la ilusión de ver la montaña nevada, pero inmediatamente la nube se fue disipando algodonosa sobre el cielo azul. Su padre estaba concentrado en un perro que olía los troncos de los árboles y ella no tuvo corazón para mostrarle su error. Algo cambió en la forma de caminar del anciano, que ahora iba silbando a su lado, hacía tiempo que no entonaba melodías, y hoy salían de corrido largos trozos que encontraba en su memoria. Ella lo acompañó cantando el Run-run, Gracias a la vida, y sin darse cuenta llegaron al departamento.

-Qué bueno el paseo de ayer –se dijo, apagando el cigarro–, durmió bien y hoy parece que se prepara para una fiesta. Iré a ver cómo va, quizá sí pudo hacer el nudo de la corbata.

Lo encontró de traje y corbata, bien peinado y oliendo al perfume de musgo y laurel del Agua Brava que usaba para las grandes ocasiones.

-Es la hora, Ana –dijo, mirando su reloj de pulsera, ese que le habían mandado de Chile cuando murió el abuelo –acércame el bastón y el sombrero, hija.

Eran casi las ocho de la tarde, corría viento de primavera y las pelusas de los plátanos orientales entraban por las ventanas abiertas. Apoyado en su bastón y con el sombrero puesto, se fue a la sala. Ana se paró detrás de él esperando a ver dónde iría. Lentamente avanzaba hacia el balcón y pudo escuchar que musitaba.

-No era necesario que los compañeros hicieran esto, las cosas uno las hace porque tiene que cumplir con su deber nada más. Después de tantos años, quien pensaría que se acordaban de mí, es cierto que nunca dejamos de luchar con la Negrita, aunque fuera de lejos, pero no es necesario… En todo caso no puedo hacerles un desprecio, no queda más que salir.

Al contraluz, solo veía la silueta de su padre dando pasitos arrastrados. Cuando cruzó el ventanal, sonaron ocho campanadas desde la Iglesia de Saint Etienne y luego los aplausos que daban los vecinos desde sus ventanas y balcones todos los días a esa hora para agradecer al personal de salud. Le rodaron lágrimas por las mejillas al distinguir entre la luz dorada a su padre saludando, sacándose el sombrero y empuñando el puño izquierdo. Fueron dos minutos en que el mundo se detuvo.

por Cecilia Ibarra, Toulouse, mayo 2020