Leo Mendoza

Viajes con el Poli

Leo Mendoza

Alguna vez, frente a muchas copas de vino, Marcel –quien también se nos fue antes- me dijo que, para bien  o para mal, vivíamos de lo que el Poli nos había enseñado: contar historias y pergeñar textos. Y era cierto.

Más de la mitad de mi vida está ligada a Poli y a los Délano. Bárbara fue una de mis mejores amigas y Viviana ni se diga.

Tengo muy claro el recuerdo de innumerables tardes cuernavaquenses, que se hicieron noches, jugando todas tipo de variantes del póquer, sobre todo las más excéntricas, y  escuchando las interminables quejas de Luis Enrique –“en Las Vegas los correrían por jugar esto”-, acompañado de su Perico Atolero, y los comentarios irónicos de Lola, que para entonces, me parece, ya era la dueña del Poroto Pérez.

Cuando decidí mudarme a la Ciudad de México –hace ya muchos años-, Poli se preocupó por conseguirme alojamiento –en un departamento compartido con Marcos Limenes, el “Enano” Mancera y Chucho Collins que, de cuando en cuando, era invadido por una nube de infrarrealistas-algunos trabajos y hasta, en algún momento, llegamos a compartir un pequeño espacio en la Condesa, donde él recalaba algunas veces pues ya vivía definitivamente en Cuernavaca.

Gracias al Poli conocí amigos –que hoy son parte de mi familia elegida-, libros, autores, mujeres, vinos, tangos, canciones, musicales de Broadway y, como dicen los malos clásicos, un largo etcétera.

Una de las cosas que más se disfrutaba con él era viajar. Una vez, cuando trabajaba en la Universidad de Sinaloa y el Poli y Rafael Ramírez Heredia impartían un taller allá en Culiacán, fui hospedado en el departamento condesiano de mi amigo, quien, muy temprano por la mañana,  viajaba en el mismo vuelo rumbo a tierras culichis. Por supuesto que, debido a una interminable sobremesa acompañados por Maruja, perdimos el avión y aún nos retrasamos más cuando descubrimos, en la esquina de Baja California y Monterrey, un letrero que anunciaba: “Librería de libros”. Llegamos al aeropuerto todavía carcajeándonos y tuvimos que tomar, una hora más tarde, el siguiente vuelo pero a Mazatlán.

En el puerto, desayunamos mariscos y pescado y en una pulmonía –vehículo muy popular por aquellos lares- llegamos a la central camionera para descubrir que nos habíamos gastado casi todo lo que llevábamos en el desayuno y en pagar el cambio de vuelo y lo que traíamos no nos alcanzaba para pagar los pasajes. No recuerdo cómo resolvimos el asunto, lo único cierto es que terminamos viajando cuatro horas en un transporte de segunda clase en el que –Poli siempre lo recordaba así- iban también gallinas, perros  y puercos.

Por cierto, aquel taller lo impartió Poli en la plazuela Rosales, bajo la luz de una farola y con los talleristas ocupando unas sillas generosamente prestadas por la refresquería del Capi Cisneros, pues la universidad se encontraba en paro.

Por esos años también nos tocó viajar a Los Mochis donde Poli iba a dictar una conferencia. Una amiga nos prestó un Grand Marquis, que en aquel entonces era el auto favorito de los gomeros (así se les llamaba a los narcotraficantes) y, sin fijarnos siquiera,  nos embarcamos en algo que fue toda una experiencia gastronómica pues paramos varias veces a comer y a beber; cenamos en Topolobampo, uno de los puertos más alucinantes del mar de Cortés y, al otro día, rematamos, tras la charla,  con una opípara comida en El Farallón –que en aquel entonces aún no era un restorán de postín-. Poli siempre dijo que los mejores mariscos eran los chilenos –y le tuve que dar la razón, muchos años más tarde, mientras comíamos machas, piures, picorocos y erizos en una  caleta de pescadores en Valparaíso-, aunque esa vez tuvo que hacer dos salvedades y declarar que si bien “los  mejores mariscos son los chilenos, las únicas excepciones posibles eran los ostiones de piedra de Baja California y los camarones U12 de Sinaloa”.

Uno de nuestros últimos viajes comunes fue a Puerto Montt, junto con Marcial Fernández, a donde fuimos a presentar una antología del cuento chileno preparada por el Poli y editada en México. Yuri Soria había conseguido varias presentaciones allá y una más en la isla grande de Chiloé. Obviaré aquí algunas aventuras poco edificantes –una de éstas ocurrió en uno de los burdeles del puerto- para ir al grano: la presentación en Chiloé formaba parte de las actividades culturales de un congreso de médicos, creo que cardiólogos,  y una mañana nos embarcamos en el transbordador con rumbo a Ancud.

Al llegar al sitio de la conferencia, el organizador –por cierto, he olvidado su nombre- salió a recibirnos preguntando por el “gran” Leo Mendoza. Esto provocó, entre burlas y veras, la furia de los otros tres ponentes que se negaron a subir al estrado y me dejaron solo dictando una charla, ya no me acuerdo si sobre la literatura mexicana moderna o el cuento chileno, el caso es que me sentí como debió sentirse Holly Martins, escritor de libros de vaqueros,  explicando la novela del siglo XX a los lectores vieneses convocados por Crabbin en “El tercer hombre”, mientras en el fondo de la sala, veía a mis tres amigos haciéndome gestos y burlándose del predicamento en el que me habían puesto. Por supuesto que fue su hazmerreír en todo el viaje de regreso y sus carcajadas las seguía escuchando al tomar el avión de regreso a la ciudad de México.