Arturo Infante

… pero es a Poli al que se le extraña.

No quiero tomar esta invitación a testimoniar sobre Poli como un ejercicio literario en el contexto del taller invitante, prefiero hacerlo como un recuerdo propicio en el ambiente de pandemia. Efectivamente, este tiempo de confinamiento nos ha llevado-al menos a quienes vamos por el tercio último de ciclo vital- a realizar todo tipo de balances de la memoria, ponderando el dulce y amargo del recorrido de vida. Este ejercicio inevitable suele transcurrir por el recuerdo de personas que se nos aparecen como hitos imborrables en nuestras vidas. Y Poli aflora en ese listado de inolvidables. No necesariamente se trata de personas que te hayan acompañado un largo tramo de la vida o cultivado una íntima amistad, ni es condición ni fue este el caso. Más bien opera como un punto de distinción entre la multitud.

No tengo muy claro el momento exacto en que conocí a Poli y abona a esta confusión la familiaridad inmediata que dejaba esa sensación de conocerlo de siempre.

La primera memoria lo recuerda formando parte de los descollantes del Pedagógico, junto a Dorfman, Skármeta, Wacquez, y tantos otros con quienes solíamos cruzarnos en el campus  de Macul, pero que nuestra timidez juvenil solo permitía dejarlos en el radar de la admiración y el mito. Nunca crucé una palabra con Poli hasta veinte años después, de regreso en Chile, que apareció en mis oficinas de Editorial Sudamericana, buscando reeditar algunos libros de su padre Luis Enrique, que podrían recobrar vigencia en España. Memorable conversación en la que pude atisbar una vida muy rica, cultivada y plena, de alguien que había sabido responder al privilegio de ser hijo de artistas que le abrieron muchos mundos culturales, a esos que el común de los mortales no tiene oportunidad de llegar. Aquella primera impresión fue muy parecida a la definitiva; un hombre aquilatado en la experiencia vital de muchas geografías, personajes y lecturas, que no buscaba parecer otra cosa distinta o mayor de lo que era. Me resultó muy admirable la sabiduría que trasuntaba esa modestia en todos los terrenos que pisaba, con una seguridad de fondo a la que imprimía un sello bondadoso y compasivo inconfundible. Remataba esa sensación una mirada transparente que pronto se inundaba de humor y jovialidad dejando muy claro la relatividad existencial del asunto.

Luego tuvimos oportunidad de coincidir en Gijón, en las entusiastas jornadas literarias que organizaba Luis Sepúlveda y de estrechar amistad en medio de esos desmarques de imaginación, febriles polémicas y pericia en el relato de chistes, de agudeza y mordacidad que solo el culto literario sabía conseguir. La buena onda, un gran anfitrión y mucho humor caracterizaban esos divertidos encuentros, donde Poli parrandeaba muy a gusto en dupla con su genial amigo Ramírez Heredia.

Con periodicidad continuamos la plática de la amistad  mediados por el buen yantar del Rhenania de Ñuñoa.  Compartimos muchas conversas entre perniles y cervezas, que se prolongaban en interminables bajativos. Siempre amistosas, humanas- incluyendo euforias y pesares cuando tocaba- y muy literarias. Inevitables con Poli que siempre recordaba algún cuento propicio al tema. Lo sacaba de una especie de kardex mental, donde atesoraba la infinitud de relatos leídos o imaginados y te lo regalaba como señal de comprensión cabal de lo conversado.

Estos encuentros fueron cambiando de escenario en función de las apetencias culinarias, y derivaron finalmente al Hemingway, esa suerte de señorío de Poli, donde anclaba casi a diario, y de muy legítimo legado por su parecido con el escritor que le daba el nombre al establecimiento. Cada vez que paso por ese sitio veo a Poli y recuerdo su cara socarrona contando cuando un parroquiano se le acercó a confirmar si era el dueño- el mismísimo señor Hemingway- pues había advertido su retrato al interior del local.

Hoy ambos escritores están fusionados en esa esquina, pero es a Poli al que se le extraña.

En estos días confusos uno no deja de condenar el tiempo perdido en engañosas prioridades laborales y lamentar no haber dedicado más tiempo a los buenos amigos.

Poli, más que un buen cuento

Arturo Infante Reñasco

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