Yuri Soria

Lo aprendí del maestro: ser escritor no es más que un oficio para contar la vida y casi siempre es mejor vivirla.

Era mi primera estadía en México, iba con Poli, que me ayudaría con el lanzamiento de un libro de cuentos. Apenas bajamos del avión, en el antiguo y claustrofóbico terminal, nos subieron a esos móviles que se usan para las personas mayores o discapacitadas, porque vaya que nos veíamos consumidos. La realidad es que íbamos con una cruda que duró todo el trayecto (en Santiago nos habíamos organizado una despedida nosotros mismos, a falta de que alguien más lo hiciera). Yo sentía que ya conocía México en gran parte por las historias de Poli. En ese viaje, y en los que vendrían después, me di cuenta de que la imaginación no alcanza para dibujar todo esa diversidad, surrealismo y desborde, y yo mismo soy ahora un enamorado de México.

Cómo buen viaje de escritores, aquel estuvo lleno de historias floridas, en buena medida gracias a los anfitriones: Marcial Fernández, Leo Mendoza y Gustavo Marcovic. Uno de esos días nos reunimos, a instancias de Poli, en un restaurante de Cuernavaca, y asistieron varios exalumnos de sus talleres literarios: Maciel, el Seco y también Viviana, su hija, más algunos amigos de los que he olvidado el nombre. El ambiente fue grato y distendido, comimos platos deliciosos regados con cerveza, tequila y mezcal. Me parece que fue el Seco quien trajo una copia de la entrevista. Él vivía en Nueva York y la había conseguido en alguna biblioteca universitaria (la entrevista había aparecido originalmente en la extinta revista Plural en el año 1976 en México). Con ese sexto sentido que tenemos los buenos bebedores me di cuenta de que la cosa venía dura y le dije a Poli “¿te parece si la guardo yo?”, él miró el horizonte de conversaciones desbocadas y me dijo, “si Yuri, guárdala tu”. La aseguré en mi mochila donde llevaba el computador y la cámara de fotos. La juerga continuó por buenas horas, a mitad de la contienda, azuzado por el Mezcal y una diferencia de opiniones religiosas, tuve un conato de boxeo con uno de los contertulios, que por suerte no pasó a mayores (él le iba a la Biblia, yo de puro porfiado, aunque soy ateo, le iba al Corán). Después de una media hora ya éramos amigos de nuevo y bebíamos abrazados.

Estoy razonablemente seguro de que, si no hubiese guardado la entrevista aquella tarde, se habría perdido. Todavía la conservo en su original carpeta verde, el entrevistador era Roberto Bolaño y el entrevistado Poli Délano. Al llegar a Chile le envié una copia a Poli, también la transcribí y se publicó en un medio digital. Con el tiempo se ha replicado y hoy se encuentra disponible en muchos sitios de internet. Las entrevistas son un género literario en sí mismo y esa vale la pena leerla pues, como los buenos textos literarios, ha envejecido muy bien. El texto se titula “Dos lagartos frente a una botella” parafraseando al libro de Poli que por entonces recién aparecía. Roberto Bolaño se estaba convirtiendo recién en Bolaño el escritor, y vivía en México lo que después sería el primer capítulo de “Los detectives salvajes”. Bolaño revela claramente su apuesta sin retorno por la literatura y también se nota ese reconocimiento que buscaba entre los escritores que lo precedieron, aceptación que quizás nunca tuvo, y que por cierto tampoco necesitaba, pues su obra los sobrevivirá casi a todos. Y también se devela al maestro que fue Poli Délano. Mas allá de la enorme cantidad de escritores que pasaron por sus talleres en Chile y en México, por sobre su obra y sus premios literarios, Poli fue querido y admirado por muchas generaciones de escribas, incluido Bolaño, por su ternura y sencillez, y por la dignidad que le confería al oficio de escritor.

Por cierto, Poli si aceptaba a Bolaño y valoraba su trabajo, algunas veces hablamos de eso. Pero los reconocimientos entre escritores no son muy efusivos, basta con darse un abrazo y beberse una copa hablando de libros y literatura. Y eso también lo aprendí del maestro: ser escritor no es más que un oficio para contar la vida y casi siempre es mejor vivirla.

¿Te parece si la guardo yo?

Yuri Soria