Despedida del Maestro

Despedida del Maestro

de Eduardo Contreras Villablanca

Eduardo Contreras Villablanca, ha publicado cinco novelas policiales, y dos libros de cuentos. Luego de la muerte de Poli Délano se hizo cargo de su taller. Este cuento fue publicado en ¿Están escribiendo? Un libro escrito por los y las “talleristas” de Poli, como homenaje al querido escritor.

Despedida del maestro.

A la memoria de Poli Délano

 

Todos los discípulos estábamos en la casa de Poli en la calle Valencia, el antiguo hogar de los Délano. Tres generaciones de escritores bajo ese techo. Era raro estar ahí, sobre todo considerando que ese patrimonio de la cultura chilena, había sido demolido hacía cinco años.

Debe ser por tantas jornadas vividas entre esos muros, los que cobijaron a Neruda antes de su fuga a Argentina, que nos parecían naturales esas gruesas paredes nuevamente erguidas, luciendo los cuadros de don Luis Enrique, y esos estantes con las rojas copas mexicanas que el vate les había regalado los Délano.

—Debe estar por llegar- dijo Roxana mientras abría la ventana que daba hacia la calle. De los discípulos que Poli tenía al momento de enfermar, era la que más tiempo llevaba en el taller.

Muy bueno que hubieran dejado a nuestro maestro salir del Hospital. Sabíamos que era solo para darle la oportunidad de despedirse, pero yo abrigaba una esperanza de que fuera más que eso. Pienso que todos queríamos creer que Poli nos iba a durar para rato.

El encuentro iba a ser más alegre que esas últimas visitas que le habíamos hecho. Dolía verlo en estado de sopor, con los brazos hinchados, el catéter inoculando permanentemente antibióticos que no lograban vencer a las putas bacterias que consumían sus pulmones debilitados por el asma arrastrada desde su niñez.

Estábamos todos. En el living: las tres Cecilias, Marianela, Juanjo, Gloria, y Rox. De los antiguos discípulos habían llegado Branny, Hugo, Rubén y Micaelina.

Por la escalera que daba al segundo piso vimos bajar a Viviana, la única hija de Poli después de que el mar se llevara a Bárbara, la poeta de la familia. Vivi nos sonrió, sin embargo sus ojos no lo hicieron.

En el antejardín divisamos a Paloma, Mirtha, Rosario y Leticia que fueron hacia la reja a abrazar y ayudar a Luisa que venía llegando desde Cartagena con unas bolsas ¿pescados de la caleta San Pedro?

Escuché el ruido de la sirena, el típico ulular de las ambulancias. Todos caminamos hacia la entrada. La hermosa Tara se acercó también, moviendo su cola y portando en sus fauces una rama de palmera, ella también lo estaba pasando mal con la ausencia de Policarpo por ya casi tres semanas.

El vehículo se detuvo. Un par de jóvenes con batas blancas descendieron de la cabina y fueron a abrir las puertas traseras. Uno subió y el otro comenzó a tirar de la camilla. Lo fueron sacando con mucho cuidado. Entonces vimos como Poli se erguía dándole un manotón a las sábanas que lo cubrían. Los camilleros se detuvieron y él terminó de sentarse en la camilla.

—¡Que no se baje! El trombo en la columna le impide caminar – dijo Micaelina arreglando un bucle de sus cabellos recién peinados.

—Poli no se va quedar acostado – le dije mientras caminaba hacia él.

El maestro rechazó con una sonrisa las muletas que Branny le ofrecía, se puso de pie y caminó con paso firme por el sendero de piedras. Pasos rápidos que no le veía desde los tiempos en que intentó aprender a bailar tango, cuando tomábamos clases juntos, a principios de este siglo.

Nos sonrió a todos, con esa expresión bonachona que le ilumina la cara cuando se ríe de sus propios chistes. Y siguió caminando hacia la puerta de entrada a la casa. Lo seguimos palmoteando su espalda gruesa y abriéndole paso hacia el living.

Cuando iba entrando me crucé con Viviana.

—Lo veo súper bien- le dije-, no creo que esto sea una despedida ¡Si hasta volvió a caminar!

—Ojalá – me dijo, pero sus ojos aún no sonreían.

Ceci Jara (Cecilia Tres para Poli) se acercó y le entregó al maestro unos claveles rojos. Hugo Martínez se acercaba con una bandeja, equilibrando a duras penas una botella de whisky, vasos y una cubeta con hielo. Comenzamos a brindar a la salud del maestro, todos de pie, éramos casi veinte personas y no alcanzábamos a distribuirnos en esos añosos pero firmes sillones en los que alguna vez reposara don Luis Enrique Délano fumando su pipa, con el loro Perico Pérez en el hombro, en compañía de Lolita Falcón, y rodeados de amigos como Totila Albert, Neruda y Diego Muñoz, en torno a un mazo de naipes y unas botellas de vino, disfrutando de un juego de carioca.

Pensé en los textos inéditos de Poli, y me acerqué a interrumpir su conversación con Ceci Ibarra (Ceci Dos, según su jerarquía acorde a la fecha de ingreso al taller) que le contaba del premio obtenido con su cuento sobre una cantora del sur.

—Poli, ¿Y tus nuevos textos? ¿Qué hacemos con ellos? – le dije al tiempo que chocaba mi vaso contra el de él.

Echó su brazo derecho sobre mis hombros y me condujo hacia el comedor, luego salimos al patio trasero. Caminamos hacia la cabaña en la que alguna vez vivió Lolita, y después el propio Poli. Entré a la caseta, y él lo hizo tras de mí. 

Conocía de memoria esos espacios, así que aproveché de ir hacia ese refrigerador mutante en el que el hielo salía por fuera. Tomé una cuchara de la mesa y golpeé la estalactita hasta sacar unos trozos que repartí entre mi vaso y el de Poli.

—Dicen que así gasto más energía eléctrica, pero prefiero pagar más y darme el lujo de tener un refrigerador que hace hielo al revés- dijo, y reímos como hace tiempo no lo hacíamos.

Me di cuenta que era lo primero que le escuchaba desde que bajó de la ambulancia. Luego miró hacia el pasillo, me hizo una seña con el mentón. Caminé hacia el escritorio, entrando por el pasillo a mano derecha. Ahí estaban los textos.

—Está todo escrito a mano – me dijo, y bebió un trago de whisky-. Al final me estaba aburriendo esto de las computadoras. Hacen la cosa demasiado fácil, y uno baja la guardia. Escribiendo a mano es mucho más probable el nocaut en el final de un cuento.

Me guiñó un ojo. Yo miré el escritorio. Había al menos seis rumas de papel. Seis libros. Probablemente uno de ellos era el de sus poesías inéditas, las que escribió para su primera polola, la que fuera su vecina y compañera de colegio. La que todos los años, el día de su cumpleaños, en lugar de esperar el llamado de Poli, lo llamaba a él para que el maestro le cantara las mañanitas. Él mismo nos había contado: llegaba esa fecha que él nunca olvidó, y cuando sonaba el teléfono, y escuchaba el “Hola, soy yo” de ella, él se largaba con su voz grave de tenor.

—¡Estas son las mañaniiitaas! ¡Que cantaaaba el rey David! ¡Hoy por ser tu cumpleaños, te las cantamos a ti!…

Me quedé mirando los textos, lo sentí toser y volteé a verlo.

—Quédate con ellos, pero no los saques de acá- me dijo, y ya no sonreía.

Me quedé pensando. ¿Qué quería decir con eso? No quería desilusionarlo con una pregunta, así que no le pedí aclarar el tema.

En eso sentí pasos que se acercaban, era Ceci Pelusa. Ceci Uno en el orden de Poli. Traía un vaso de ginebra en lugar de whisky, sus ojos brillaban más de lo normal. La conozco bien; sé que estaba haciendo un esfuerzo por no llorar.

—Poli – le dijo, y una lágrima comenzó a rodar por su mejilla -, ¿Por qué no nos adoptas?

Él le sonrió y levantó su mano derecha para acariciarla y atrapar la lágrima que había llegado a la comisura de sus labios. Se la quedó mirando con toda la ternura que cabía en su rostro de marino nostálgico.

—Ceci…Pero si yo ya los adopté.

La abrazó fuerte y yo los abracé a los dos. Vi a Juanjo que nos miraba, traía un ejemplar de “Y tú no me respondes”, seguramente quería que Poli se lo dedicara. Le hice una seña para que se acercara. Estaba serio Juanjo, tenía que escribir un cuento en el que mataba a Poli, pero de forma que pareciera un suicidio, difícil el cuento que le encargó el maestro. Juanjo lo abrazó con fuerza. Luego entró Marianela, y de a poco fueron entrando todos, y fuimos formando un gran abrazo, como el que se dan los que forman la base de los castellers, en Catalunya. Nos quedamos así un buen rato. Después comenzamos a bajar los brazos, y de a uno fuimos saliendo hacia el jardín. Él fue el último.

Había un Ford T lindísimo, colores crema y café, como de matrimonio. Ceci Uno ya no estaba triste y subió al asiento del copiloto. Poli caminó hacia la puerta trasera, la abrió y subió. Glorita Torres lo quedó mirando.

—Maestro – le dijo -, yo a veces le desordeno el taller y me gano sus retos, quiero pedirle que se olvide de que lo hice rabiar, y me deje ir a su lado.

Poli se largó a reir con esas carcajadas suyas como de charro en la cantina. Unas risas largas como las que soltaba en Cuernavaca por las bromas que mi padre le hacía sobre sus amoríos.

—Nunca me has hecho rabiar Glorita. Y tú lo sabes.

Abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a subir.

Mientras yo miraba el jardín preguntándome cómo había llegado el Ford T hasta esa parte trasera de la casa, y sobre todo, cómo saldría.

Poli adivinó mis pensamientos.

—No te preocupes. Mira.

Apuntó hacia la pared posterior, y me di cuenta de que ya no estaba, tampoco las casas de su barrio, ni los horripilantes edificios engendrados en la Ñuñoa del siglo XXI por la voracidad inmobiliaria de su alcalde eterno. Solo una pradera cubierta de hojas, y dos hileras de fresnos que marcaban el camino hacia una distante colina. Por él comenzó a avanzar lentamente el cacharrito. Nadie lo conducía, en los asientos delanteros solo iba mi Ceci, que me miraba sonriendo con sus grandes ojos de niña.

Todos comenzamos a caminar detrás del auto, había cortejo después de todo. Finalmente, sí era una despedida. Vi a Jorge, Manuel y Gianfranco que llegaban corriendo. Entre la pega y la distancia, era toda una gracia que hubieran llegado, sobre todo Manuel que venía desde Australia.

Durante el trayecto pensé si Poli no debería haber partido en un barco mar adentro, en lugar de ir en un Ford T rumbo a una colina. Por algo los Délano habían vivido años en la casa barco de Cartagena. Y por algo don Luis Enrique y Poli tenían pinta de marinos. El maestro, acompañado por Luisa había ido a arrojar al mar las cenizas de sus padres, desde una terraza del restaurante La Ola, no muy lejos de la casa barco. Y en el mar yacía Bárbara desde hacía más de dos décadas, atrapada en el fuselaje de un avión. 

Sin embargo alcanzamos el pie de esa Colina. En ese momento llegó Marcel Sisniega, el que más le debe haber costado llegar, porque además de venir de México, había muerto cuatro años atrás. Poli, Ceci Uno y Glorita bajaron del auto. Todos comenzamos a subir lentamente el cerro. Arriba se veía una tumba, sin cruz. Solo flores decoraban la estructura de hormigón. Desde detrás de esa tumba vi aparecer a mi abuelo. Venía impecable, alto, con su terno, chaqueta y humita, todo en tonos café, su bigote de galán de cine y un jockey a tono.

Bajó lentamente, y le tendió la mano a Poli que subía con la respiración ya algo pesada.

—¡Quedamos tumba por medio! – le dijo mi abuelo abrazándolo.

—¿No podemos hacer que nos cambien para quedar juntos? – le preguntó Poli.

—Por ahora yo creo que mejor entramos y después vemos – le dijo mi abuelo.

Yo corrí a abrazar al Tata.

—¡Qué bueno que van a quedar casi juntos! – le dije.

—Sí – dijo el Tata acariciando mi nuca -, voy a aprovechar de ganarle unas cariocas a Poli, tenía ganas de jugar.

—Pero don Lalo – protestó el maestro, mientras metía una pierna en su tumba -, usted sabe que soy malo para los naipes, mis padres eran los ases de la carioca, yo no.

—Por eso quiero que juguemos- dijo mi abuelo-, y se tronchó de la risa. Luego le tendió la mano para ayudarlo a bajar. Una vez que Poli se acostó, el Tata agarró la lápida y se la puso encima. Me quedó mirando –, ahora me meto en la mía y necesito que ustedes la tapen.

Luego sorteó la tumba que lo separaba de Poli y de un salto se metió en la suya, quedó asomado de la cintura para arriba.

—Me acuesto y ponen la loza – dijo sonriendo.

—Tata – dije caminando hacia él-, después ¿a quién cambiamos para la tumba del medio? Para que queden juntos. ¿A ti o a Poli?

—Da lo mismo nieto, estamos muertos, no lo vamos a notar.

Se acostó y entonces entre varios tomamos la lápida de mármol y la fuimos deslizando hasta cubrir a mi abuelo.

Recién entonces lloré. Me cubrí la cara con las manos y traté de no gritar mi dolor. Sentí el abrazo cálido de Cecilia. No quería abrir los ojos, hasta que escuché su voz.

—Mira mi amor – me dijo ella.

Alcé la vista y entonces vi las mariposas monarcas que comenzaban a llegar. De alguna forma ahora estábamos en México, viviendo nuestro exilio de nuevo. Las mariposas fueron cubriendo las dos tumbas, la de Poli primero y la del Tata después.

Nos quedamos mirando los sepulcros cubiertos de mariposas que movían sus alas color café con venitas negras, como despidiéndonos con su aleteo.

Miré a las compañeras y compañeros, discípulos recientes e históricos de sus talleres.

—¿Quiénes presentan textos la próxima semana? – pregunté tratando de que no se me quebrara la voz.

Todos levantaron la mano.