Tinta negra en los labios

Tinta negra en los labios

 

de Manuel Carrasco Inostroza

UNO

 —Algún día tendremos que dejar de ser ingenuos.

Eso fue exactamente lo que dijo.

Agachado sobre el plato de carbonada que mi madre le había servido luego de esperarlo hasta esas horas de la noche.

Era Chile en el año mil novecientos setenta y tres. El doce de septiembre mencionaron su nombre en la radio dentro de una lista de personas citadas al regimiento para “declaraciones”. Por la tarde recibió a tres amigos que también figuraban en esa lista; ellos se presentarían a la mañana siguiente y sugirieron a mi padre que los acompañara, pero él se negó.

Cuando supo que los habían detenido, pareció enloquecer. Por largas horas no hizo más que caminar desesperado por la habitación; su rostro enrojecía a ratos para palidecer instantes después, iba negando con la cabeza y soltando insultos que mi madre no quería que yo escuchara.

Nunca olvidé eso de palidecer y enrojecer. Su desesperación.

Ni eso de “dejar de ser ingenuos”.

Ni que aquellos insultos no iban dirigidos a los militares sino a sus amigos.

Dos noches después se despidió, dijo que por nuestro bien.

DOS

Durante mi primer año en la Facultad de Arquitectura, mi padre me visitó en mayo y en diciembre. Cuando vino en mayo yo me había cambiado recién de pensión, pero de algún modo dio con la casa y una tarde llamó a la puerta.

La segunda vez fue en casa de Andrea Rosselot.

La conocí en las cátedras de Taller de Diseño Uno. Ella ya iba en segundo, pero había reprobado ese ramo el año anterior y estaba obligada a pasarlo para no perder la carrera.

En los primeros semestres, dos tercios de los estudiantes salían mal y hasta ahí no más llegaban en la universidad. Yo apenas conocí esa angustia que echaba a perder la digestión. Muy luego descubrí que mis croquis, planos y maquetas les gustaban a los profesores. Cuando uno de ellos se acercó a comentarme que con mi rendimiento podría postular a una beca, le escribí a mi madre.

Y fue en esos días cuando mi padre se apareció por la pensión, él había reunido algún dinero para mí. Aproveché de presentárselo a Héctor, mi compañero de pieza que estudiaba Leyes y tenía muchas ganas de conocerlo.

Al despedirse junto a la puerta, muy complacido de que me estuviera yendo bien, dijo:

—Gabriel. Esto se lo debes a tu madre y al profesor. Yo no pude enseñarte nada, sólo quererte.

Sonrió y me abrazó nuevamente, como si abrazarme fuese lo único que supiera hacer. Héctor alcanzó a escuchar; me di cuenta por la forma en que me miró en cuanto volví a la pieza. Limpiaba su único traje pasándole la mano a manera de cepillo.

—¿Cuál profesor? —preguntó.

Me dejé caer de espaldas en mi camarote, haciendo crujir la madera, puse las manos tras la nuca.

—Es que mi padrastro es profesor de Artes Plásticas. Mi mamá lo conoció en mi colegio. Ella se obsesionó por mis notas, así es que iba seguido a hablar al colegio. Después los dos me hacían estudiar —sonreí—; el profesor llegaba a la casa con pasteles para la hora del té y materiales para mis trabajos. Yo casi no podía salir a la calle, pasaba todas las tardes estudiando, o bien tonteando con cuchillos cartoneros y pegamento.

—¿Y tu papá? ¿No era que don Gabriel llegaba de vez en cuando a tu casa?

—Fue en los años en que él estuvo fuera de Chile. Volvió cuando los milicos dejaron de buscarlo, pero para entonces mi mamá ya estaba con el profesor. No les puso ningún problema, firmó todo, y nunca más entró a la casa. De ahí en adelante, por lo general, me esperaba en la calle cuando yo iba al liceo.

—¿Cada cuánto tiempo aparece?

—Cuando puede, no más, pero siempre está pendiente de mis asuntos y bien informado, ahora hasta sabía mis notas en Taller Uno. Yo creo que anduvo averiguando en la universidad.

*   *   *

A las clases de Taller asistía un círculo de chicas a quienes mirábamos con un poco de curiosidad y otro buen poco de antipatía. Llegaban y se iban juntas del aula, siempre haciendo ruido. Andaban con ropas caras; es decir sus familias tenían dinero. Yo no había visto mucha gente de dinero, y me llamaba la atención todo lo que hacían.

 Aunque parecían muy íntimas y sólo conversaban entre ellas, se peleaban con facilidad. Al alzar el tono sus voces se volvían nasales y feas, discutían moviendo mucho las manos con los dedos crispados frente a los rostros, sus gestos las hacían parecer unos diez años mayores. Sobresalía una gorda alta de ojos pequeños y nariz muy respingada, siempre con la mueca de quien encuentra olor a podrido. También sobresalía otra, pero por bonita, esa era Andrea Rosselot, siempre interpelando a su hermana Pelusa que venía de otra Facultad, esta última generalmente unos pasos atrás de las demás, y algo más suave y gentil. Andrea tenía el cabello con rizos castaños, grandes ojos claros y piernas muy largas; me había gustado desde la primera vez que la vi.

Un día me preguntó si el asiento a mi lado estaba libre y en seguida comenzamos a charlar, rió con mis bromas, fingió sorpresa con mis afirmaciones. Cuando la acompañé hasta el microbús, entre las primeras miradas maliciosas de mis compañeros, me fue contando con una voz suave, fina, infantil, y que mientras más falsa más me gustaba, que su familia era dueña de barcos pesqueros y también de frigoríficos. Agregó que ella tenía buena sintonía con su hermanita, una excelente relación con su padre, conflictos frecuentes con la madre, y un hermano que era un caso perdido.

 En los días siguientes yo la buscaba con la vista en el aula y la encontraba mirándome y sonriendo. A las pocas semanas pasábamos juntos mucho tiempo, estudiando en la biblioteca y trabajando en su casa. No pude evitar sentirme fascinado. Cuando Héctor la conoció, dijo tímidamente que “había en ella algo un poquito fingido”. Se equivocaba, en realidad todo en ella era muy falso: su manera de caminar, sus modales, su sonrisa y especialmente sus tonos de voz, porque usaba varios. De algún modo eso me caía simpático y seductor. Mientras más exagerada y aparatosa, más bonita era.

Al poco andar yo pensaba en ella el día entero; la imaginaba vestida con trajes vaporosos, cruzando sonoros ríos cristalinos, montada en un caballo blanco como las heroínas de algunas novelas de aventuras; cuando se me acercaba mucho, yo soñaba que su cabello olía a hojas de durazno después de la lluvia.  Un día le pregunté si hubiese preferido parecerse a Madame Bovary o a Jane Eyre. 

Sonrió pestañeando y contestó haciendo otra pregunta:

—¿Te sirves más jugo?

A veces íbamos por materiales a las librerías del barrio universitario y entonces nos deteníamos un rato en alguna de las cafeterías. Durante aquellos desplazamientos parecía muy seria y algo nerviosa; rápidamente se instalaba en una silla a beber en silencio un jugo de naranja. Sin embargo, recuperaba su desenvoltura horas más tarde, cuando en su casa hacíamos planos y maquetas. Era una casa grande, demasiado oscura para mi gusto, tenía ventanales hacia un patio interior donde había plantas de hojas inmensas. Tanto el barrio como la casa eran muy silenciosos. La primera vez que estuve ahí, pensé que si yo tuviera mucho dinero, jamás viviría en un lugar demasiado parecido a un museo, ni menos en un barrio sin algún bolichito en una esquina.

Nada me ponía más feliz que las bromas que nos ponían como más que amigos: Andrea simulaba no escucharlas, su rostro conseguía una inexpresividad feroz, como si no hubiese nada dentro de sus ojos, en cambio yo caminaba a la pensión con los ecos de esas risas cómplices resonando en mi cabeza y si el comentario brotaba allí, durante la cena, el mundo se transformaba en un lugar mucho mejor. Disfrutaba sintiéndome en el centro de las miradas de mis compañeros, que todos hablaran, que el viejo chico, conviviente de la dueña de la pensión, dijese:

—Este Gabrielito se hace el tonto. Anda con una chiquilla harto encachada.

Sólo yo sabía que no había nada.

Una vez me abrazó: fue cuando publicaron las primeras notas de Taller. Se adelantó poco antes de llegar al fichero, luego giró y corrió hacia mí; de pronto mi cara estaba entre sus cabellos que tan bien olían.

—Te felicito —le dije cuando se apartó y tragué saliva, mi corazón latía fuerte. Me miró sorprendida, abrió mucho los ojos y se aproximó para besarme en la mejilla.

—Tonto, si lo hiciste todo tú.

Ahí fue sincera. Tampoco era tan mala persona.

En seguida corrió hacia su grupo de amigas (nunca crucé palabra con ninguna). Giré maquinalmente y la vi alejarse, y luego de permanecer un momento quieto, sin pensar en nada, avancé hacia el fichero. Mi nota era buena, pero la de Andrea era una décima más alta; me marché riendo a carcajadas.

La entrega final fue en diciembre.

*   *   *

Habíamos acordado encontrarnos cierto sábado de ese mes para trabajar el fin de semana. El miércoles subsiguiente había que entrar al aula, colgar los planos, dejar las maquetas sobre unas mesitas y esperar la evaluación.

Tras buenas acogidas en las revisiones anteriores, mi proyecto que era de un hospital estaba prácticamente terminado. Andrea trabajó un hotel cinco estrellas, y en la penúltima revisión le habían salido con que la presentación era correcta, pero los espacios no funcionaban bien, que modificara la maqueta y rehiciera la mitad de las láminas. Trabajando varios días con sus noches, podríamos terminar a tiempo.

Así es que la noche del viernes terminé los detalles de mi hospital, después dormí hasta mediodía del sábado. Y esperé a Andrea haciendo una sobremesa más larga con Héctor, quien estaba preocupado de un asunto muy distinto: junto a otros estudiantes quería formar un centro de alumnos en su facultad. La historia de mi familia (o más bien la de mi padre) le atraía mucho.

—Así es que a ustedes nunca los fueron a allanar, ni los amenazaron, ni nada.

—Nada. Después que mi padre se fue, vivimos con una tía en otro pueblo, mucho más al sur y hacia la cordillera, un caserío con una sola calle pavimentada; allí nadie hablaba de los militares ni de peligros. Mi mamá pudo trabajar en una escuela de monjas.

Yo estaba más interesado en hablar de Andrea, entonces le comenté que pasaría un par de días en su casa.

—¿A qué hora te acostaste anoche? —preguntó.

—A las seis de la mañana y hoy será el mismo programa.

—¿Van a estar solos?

—Los padres andan fuera de Santiago, como siempre; pero la Pelusa con su novio van a estudiar con nosotros —respondí, ansioso y feliz.

—O sea, dos parejas. —sonrió.

—No somos pareja.

Héctor guardó silencio por un rato, luego preguntó:

—¿Nunca tu padre te habló de lo que al él le tocó vivir? ¿No te dio por preguntarle algo?

— Deliberadamente nos mantuvo al margen; si yo le preguntaba algo se hacía el sordo, o bien se cruzaba el índice en la boca. Sobre eso podrías preguntarle tú mismo, cuando vuelva a venir.

Héctor meditó otro par de minutos.

— ¿Y nunca hablaste con él de tus asuntos personales?, de mujeres, por ejemplo.

No respondí.

Héctor comenzó a reír

—A ver —insistió—. ¿Más o menos a qué edad supiste cómo se hacían las guaguas?

Solté una carcajada que apagó la risita de Héctor.

—Cuando ya iba como en cuarto básico —respondí—. Es que mi mamá me trataba como un cabro chico.

—Y el profe de artes plásticas.

—Es muy religioso.

           

Cuando por fin Andrea llamó a la puerta, a las cuatro de la tarde, mi amigo me deseó suerte. Salimos a tomar un microbús. Hora y media después estábamos en casa de Andrea, frente a una mesa grande de trabajo; al fondo se divisaba un comedor donde en otra ocasión nos habíamos servido café con tostadas. Comentó que la nana estaba renunciando.

Ocupando la mesa: comencé a recortar las piezas de cartón. Andrea se instaló en un tablero de dibujo con una lámpara de brazo plegable, la ampolleta casi encima de su cara, más que darle claridad la hacía arrugarse. Le costaba comprender los cambios necesarios; de rato en rato me levantaba para colocarme tras ella y escuchar sus dudas. En un momento se volvió hacia la cocina y llamó con la voz nasal.

—Dominga ¿Nos podrías servir café?

Pronto entró la mujer. Comenté en voz baja que su rostro me resultaba vagamente familiar.

—Es que también es provinciana —respondió Andrea, haciendo muecas a la luz que hería sus ojos.

Cuando comenzaba a anochecer, la nana anunció que se retiraba. Más tarde Pelusa entró silenciosamente. Muy concentrado en lo que hacía, la saludé sin prestarle mucha atención; comentó que su novio no vendría esa noche y cruzó otras pocas palabras con su hermana antes de caminar hacia el comedor. En cuanto se marchó llamaron a la puerta, Andrea se levantó de inmediato para ir a abrir y tuve la impresión de que no estaba muy animada para dibujar. Comentó que su hermano solía extraviar las llaves.

Tardó en regresar, luego la escuché aproximarse. Rodeó la mesa y frente a mí, apoyó las manos en la cubierta; inclinándose, dijo cuidadosamente:

—Gabriel, a ti te buscan.

Ningún contexto restaba carácter a su espigada figura. A un metro de la puerta, con una mano sujetando la solapa de su chaqueta y un portadocumentos en la otra; la raída camisa recién planchada, la cara morena y lisa, la partidura del cabello muy nítida. Sonreía con la mitad de la cara.

Mi padre siempre gozaba con la sorpresa que producía; dijo que Héctor le había dado la dirección. Conversamos unos minutos en la puerta y se alegró de que me siguiera yendo bien; sus ojos hundidos y su nariz aguileña lo hacían parecer interrogando cuando miraba de frente. Entonces vino Andrea; con sus alardes de cortesía afirmó que no estaba bien que yo atendiera a mi padre en la puerta y nos invitó a una taza de té. Imaginé que iríamos al comedor, pero nos condujo a la mesa donde yo estaba trabajando. Trajo una silla para mi padre y después una bandeja con las tazas, el té y el azúcar. Ella no se sirvió. Volvió al tablero con todas las ganas de dibujar, me llamó para otra aclaración antes de que yo pudiera tragar un sorbo.

De pronto mi padre dijo:

—Se ve muy bien —sujetaba la maqueta con las puntas de los dedos, la hacía girar delicadamente, escudriñándola maravillado—. Sin entender de esto, estoy seguro que te van a calificar bien.

—Es el proyecto de ella —acoté.

 —¿Sí?… —Alzó la vista—. Entonces, la felicito.

Andrea giró la cabeza y le sonrió —el que presenta Gabriel es mucho mejor. —dijo.

—¿Y cuál es?

—Está en mi pensión, ya lo terminamos —respondí.

Sonrió y volvió sus ojos al artefacto, yo regresé a mi lugar. Entonces Andrea fue al teléfono que sonó al fondo de la galería; allí estuvo charlando durante varios minutos, hablaba golpeado y reía con fuerza, le ofrecían una empleada doméstica para reemplazar a la que se le iba.

Mi padre aprovechó para preguntarme si acaso Andrea era mi novia. Sin quitar la vista de la punta del cuchillo que iba cercenando el cartón piedra, le respondí que solamente éramos amigos, aunque muchos pensaban otra cosa.  Después solté el cartonero y le conté cómo nos habíamos conocido, que estudiábamos juntos desde principios de año y varias cosas más; me costaba parar cuando comenzaba a hablar de Andrea. Él me estaba observando con atención, de costado en la silla, con una pierna sobre la otra, cruzados los brazos y el rostro indulgente. No sé cuál de las cosas que dije pudo hacerlo cambiar tanto.

De pronto su expresión era otra. Observándome con más intensidad se enderezó en la silla y comenzó a alternar miradas furtivas hacia Andrea, que continuaba su charla al fondo de la galería.

Entonces oímos abrir la puerta del otro extremo y vimos al hermano de Andrea, quien pasó a nuestro lado sin saludarnos. Fue a consultarle algo a su hermana en voz baja; ella entonces hizo una fea mueca y bajó el auricular.

Era alto, y nada elegante. Así como hay sujetos con aire de uniformado o señoras que parecen profesoras, éste tenía aspecto de inútil. Su cabello era repolludo y rojizo. Cuando caminó de vuelta y su cabeza parecía ir flotando sobre sus estrechos hombros, miró de reojo a mi padre. En la otra pieza Andrea soltó una carcajada, entonces me incliné un poco para hablarle a mi padre en voz baja:

—Ese pelo parece peluca de payaso.

Miraba a la pared tras de mí, como reflexionando.

—Sí, claro —dijo al fin.

—No, no me sirve, esa persona no me sirve. —Se escuchó la voz aflautada de Andrea. Era otro de sus tonos, y ése no me gustaba.

Cuando regresó al tablero, mi padre se levantó para despedirse de ella y en seguida, me pidió que lo acompañara hasta la puerta.

—Regreso de inmediato —le dije a Andrea. Seguí a mi padre preparado para una de sus sentimentales despedidas.

Luego de traspasar la reja, continuó caminando delante de mí, se alejó un poco de la casa y giró de pronto. Hizo un ademán trágico, desordenando los faldones de su chaqueta; me miró con severidad, lleno de energía y resolución.

—Gabriel, te gusta mucho esa chica ¿verdad?

—Sí —respondí atontado.

—Ahora, hoy mismo tienes que aclararle las cosas. Tú nunca le has dicho nada ¿verdad? Sencillamente acércate y se lo dices o… trata de darle un beso, no sé. Aclárale las cosas, te digo.

Enrojecí

—¿Aclararle las cosas?

—Se está aprovechando de ti. Tú estás aquí porque quieres algo de ella y eso ambos lo saben. Es muy sencillo, si te rechaza no te quedan razones para acompañarla ni menos para hacer su trabajo —gesticuló levantando un brazo, un mechón se le vino a la frente—. Saldrá corriendo a buscarte, pero ya…

—Eso sería chantaje —interrumpí.

Su reacción fue extraordinaria, lo observé abochornarse y palidecer. Tomó aire, haciendo un esfuerzo para controlarse, luego comenzó a negar con la cabeza, mientras alternadamente me miraba con los ojos enrojecidos y me rehuía la mirada con recelo. La mandíbula inferior le tembló un poco.

Susurró algo que no entendí, soltando una espesa bocanada de aire y con el rostro palpitante.

Giró y se alejó, las duras suelas de sus zapatos chirriaban sobre el cemento. Llegó rápidamente a la esquina y dobló.

Muy impactado, me quedé tieso un momento. Segundos después corrí lleno de indignación para replicarle, pero había desaparecido.

De vuelta en la mesa Andrea preguntó si estaba todo bien, me hice el desentendido y hablé del proyecto, pero al parecer notó que había sucedido algo de cierta gravedad, ya que hizo insistentes consultas sobre mi padre que respondí con evasivas. Recalqué que yo no le sentía como padre.

—Es solamente un tipo demasiado extraño y si es que lo necesité, sencillamente nunca estuvo. —concluí.

Trascurrieron unos minutos de silencio. Bostecé, sentía el cansancio acumulado desde la noche anterior; me dolía un poco el cuello y sentía frío en las piernas. Andrea dijo:

—A mi hermano sí que le hizo falta un padre, porque mi papá lo dejó hacer y deshacer. Habría sido bueno que al menos una sola vez le hubiese dado una buena pateadura que lo corrigiera.

           

Minutos después sentí que me dormía en la silla y entonces me levanté y recorrí un poco la habitación, fui hacia el tablero detrás de Andrea, me incliné hasta rozar su cabello. Giró de pronto.

—¿Qué pasa? —preguntó sonriendo. El fuerte fulgor amarillo de la lámpara bañaba sus facciones.

—Nada.

Su boca estaba a centímetros de la mía, pero me sentí incapaz de intentarlo; pensé que mi padre tal vez me había lanzado un insulto y que tenía toda la razón. Observé la lámina.

No había avanzado mucho.

Silenciosamente regresó Pelusa, cerca de la medianoche, a instalarse en el lado opuesto de la mesa. Murmuraba la materia para memorizarla, Andrea la interrumpía de vez en cuando iniciando conversaciones que duraban algunos minutos, sus voces y risas me reanimaban, no dije una palabra en todo ese rato. Pronto la hermanita propuso descansar y entonces se levantó de la mesa para ubicarse en un sillón a mis espaldas. Andrea dijo:

—Pelusa ¿preparemos más café?

Su voz me sobresaltó; acodado sobre la mesa nuevamente estaba durmiendo; giré la cabeza y vi sus ojos enrojecidos, su cabello en desorden; noté sus manos llenas de rayas y las manchas de tinta en los labios. Pensé que mi padre tenía razón, pero que yo no era capaz de nada.

Era fácil advertir cuando alguien dibujaba lento o con pausas largas: en la finísima punta de la lapicera la tinta se endurecía, haciendo necesario humedecerla en la boca y destaparla succionando. Quien dibujaba lento concluía con la boca negra. Jamás me pasaba eso.

Las vi salir, pronto me dormí sobre la mesa y tuve pesadillas. Cuando de un salto desperté, sentía mucho frío y el dolor del cuello aumentaba. Regresaron con una bandeja donde venían tres tazas de café con leche, galletas untadas de mantequilla, y un pote con mermelada de moras. De tan cansado y torpe, al primer sorbo me quemé la boca.

—La maqueta está casi lista —afirmé.

Pero con mi agotamiento los últimos toques se estaban demorando demasiado, luego de comer sugerí descansar un rato.

—Nooo… ¿Se te ocurre? Estamos super atrasados.

Más preocupante era que Andrea no pasaba de la primera lámina. Pelusa comentó que dormiría media hora y cuando salió de la galería me convencí que iba a tener que reponerme si quería terminar de una vez la maqueta. Se lo dije a Andrea quien no respondió. Luego me ubiqué en el sillón, cubriéndome con una manta.

—Despiértame en quince minutos —le pedí. Al cerrar lo ojos sentí que todo giraba, que mis músculos se aflojaban y mi espíritu salía como un globo pinchado a dar vueltas cerca del techo de la habitación. Me dormí inmediatamente.

Novecientos segundos más tarde oí:

—Ya, Gabriel, pasaron los quince minutos.

Soñaba algo confuso, cálido y agradable, en un paisaje campestre con árboles y un río. Al abrir los ojos me encontré con el rostro de Andrea, ella tiraba del cuello de mi camisa y respiraba sobre mi cara.

—Gabriel, vamos, despierta.

Nunca habría vencido mi cobardía, si ella no se hubiese acercado tanto. La tomé de los hombros con fuerza y la besé, incorporándome.

 Me empujó y se echó atrás.

—Oye, no, no.

En el instante siguiente sentí que mis oídos se tapaban, como cuando en una piscina les entra agua; el sueño y el cansancio desaparecieron de golpe. Me quedé observándola, se veía muy sorprendida al principio, pero rápidamente sus ojos parecían más concentrados y misteriosos que sorprendidos.

—Mira, no ensuciemos nuestra amistad.

La palabra “ensuciemos” me ofendió. Sentí la sangre subir a mi cara.

—Yo estoy enamorado de ti, por eso te ayudo —le aclaré, en un tono que correspondía más a un insulto que a una declaración romántica. Alcé la cabeza, di un paso hacia la maqueta y me instalé para seguir trabajando.

—¿Qué quieres que te diga? —contestó, furiosa.

No respondí, aparentando ignorarla me puse a silbar con fuerza, mientras trabajaba rápido, sin rastro de cansancio ni menos de sueño. Mis orejas y mis mejillas ardían. Ella regresó al tablero y durante el largo silencio que siguió, supe que podía detestarla y desearla a la vez: Ya no era el olor de su cabello sino el sabor de su boca el que estaba por todos lados. Cada vez que la miraba de reojo se me pasaba por la cabeza la idea de volver a besarla y mis tripas comenzaban a revolverse.

Y ella seguía destapando la lapicera.

Comenzaba a amanecer, Pelusa entró en silencio.  

—La maqueta está lista —dije, dirigiéndome a la recién llegada.

No hubo respuesta, Andrea en seguida se levantó y salió. Lleno de desesperación comencé a sudar, sintiéndome terriblemente infeliz.

—Algo te pasa —afirmó suavemente Pelusa.

—Traté de besar a Andrea porque estoy enamorado de ella, pero le molestó mucho y ahora se fue, es posible que ya no quiera nada conmigo y ni siquiera me vuelva a hablar. También es posible que…

— Ya entendí. No me cuentes más, no tienes para qué. Eso es tema entre tú y ella.

Comencé a temblar. Bajé la mirada y traté de controlarme.

—Andrea tiene un novio en Viña —murmuró Pelusa—, aunque parece que están como en receso.

Aquello ya fue insoportable; sentí lágrimas en los ojos y la urgencia de esconderme. Me dirigí hacia la puerta y salí, avergonzado y fatigado, a esa madrugada alucinante, helada y celeste. Hice señas a un microbús que iba a velocidad enloquecida y luego de correr pude acomodarme en un asiento de metal junto a la ventana. Durante el brutal trayecto dormí con el cuerpo torcido y me golpeé la cabeza contra el vidrio más de dos veces. Finalmente descendí temblando de frío.

Pasé el día completo entre las frazadas.

Cerca de la media noche le conté a Héctor. Se encogió de hombros y concluyó que mi padre tenía toda la razón y que además iba a estar satisfecho.

Entonces me levanté a preparar un café y un gran sándwich, aprovechando que la mamá de Héctor le había traído un queso entero.

Al día siguiente, mientras caminaba a ver el calendario de los exámenes comenzó a lloviznar, más tarde me encontré con algunos amigos. Cuando regresé, pasada la hora de almuerzo, Héctor tenía tres novedades:

—Nos pusieron teléfono.

Sólo recibía llamadas porque un minúsculo candado en el disco impedía marcar.

—Le di el número a tu padre —agregó Héctor muy contento—. Don Gabriel vino en la mañana, almorzó con nosotros, pero no te pudo esperar más, se iba de Santiago. Te va a llamar hoy a las siete y media.

Nunca se había comunicado conmigo dos veces en una semana, con seguridad la excepción tenía que ver con su enojo, tal vez se disculparía, y yo sabría qué decirle. A las siete y media. Sería puntual, la gente que ha pasado largo tiempo escondiéndose siempre lo es.

—Y lo último: vino tu amiga. Dijo que quería saber si acaso le ibas a seguir ayudando o si tendría que buscar otra persona. También le di el número.

Durante la mañana del día siguiente, Andrea llamó varias veces, pero me negué a atender. Cuando regresé de comprar huevos para el almuerzo vi un jeep estacionado, el cabello del conductor parecía una peluca de payaso.

—Gabriel, soy yo.

Ella terminó de descender y corrió a mi encuentro, el vehículo partió y pasó a mi lado haciendo ruido. El tipo ni siquiera me miró.

—Te anduve buscando en la universidad, ayer te vine a ver.

—Así me contaron. —respondí sin detenerme, Andrea caminó junto a mí. Me preparé para la despedida definitiva.

—A mí no me gusta andar buscando a nadie —agregó.

Pero lo dijo con la vocecita infantil y mucho más sugestiva que otras veces. La miré de reojo.

—Me gusta que a mí me busquen, que me sigan y sobre todo que me insistan.

Mi corazón dio un salto. Me detuve: sus párpados parecían pesarle, se había ruborizado un poco. Cuando tomé una de sus manos, la retiró, y negó sacudiendo la cabeza, pero eso también era parte del show.

—¿Ahora quieres que me echen?, ¿cierto?

Tragué saliva con dificultad. Claro que no quería que la echaran.

Me acerqué y la rodeé con un brazo.

Comenzamos una especie de noviazgo sobre cuyos límites no valía la pena pensar mucho ni menos hablar.

Y fuimos de inmediato a su casa. Dijo que no quería que su familia supiera, pero en la micro no paraba de reírse por todo. Costaba creerlo, pero no todo era fingido, yo sí le gustaba algo. Al llegar encontramos al hermano en el jardín, el tipo como siempre miró de reojo sin saludar.

—Gabriel, cierra la puerta —dijo ella—, él no va a entrar.

 —¿Espera a alguien? —pregunté sin interés.

—No, está taquillando.

Me detuve.

—¿Qué quiere decir eso?

—Esooo, quiere decir que le compraron una parka nueva y ahora se queda parado en el jardín para que los que pasen se la vean. Ridículo, ¿verdad? Ya, ven mejor.

La mayor sorpresa fue que en vez de ir directo a trabajar quiso que fuéramos un rato al sillón y ahí regresamos después de cada lámina terminada. Andrea no quería que su hermana supiera, y yo no quería que llegara, sin embargo, Pelusa apareció con su novio a medianoche.

Pronto hizo una observación.

—Ustedes son más que amigos y tengo una prueba.

—¿Una prueba? —preguntamos en coro.

—Ahora los dos tienen tinta en los labios.

Y ambos estuvimos entre los pocos que aprobaron. Un mes después, finalizadas las clases, regresé al sur, mientras Andrea se iba a Viña del Mar. Después se iría a Pucón y de ahí a no sé dónde. En alguno de esos lugares me escribió una carta dando por terminado lo nuestro. Al menos eso no me sorprendió, yo estaba prevenido. Porque un día antes que Andrea llegara a mi pensión, mientras lloviznaba, a las siete y media en punto recibí la llamada de mi padre.

—Gabriel, ¿qué hiciste al final? —preguntó de inmediato, saltándose el saludo. Cuando le conté, comenzó a reír. Pocas veces lo había notado así de contento, por cada detalle que agregué tuve que oír una carcajada.

—Ya hiciste lo que tenías que hacer y ella sabe cómo encontrarte.

Días después él volvió a comunicarse, se alegró más con las buenas noticias, luego lanzó sus advertencias:

—No te entusiasmes mucho, esa joven tiene otros intereses, incluso, yo creo que no terminará la carrera.

Y así no más fue.

En marzo de ese año que comenzaba, volví a ver a Andrea, y en el semestre que siguió hablamos un par de veces, Un día supe que había dejado la universidad.