Juan Camilo Lorca

Entonces, me acompañas acá hasta que me acostumbre.

Esto, en el nuevo departamento donde viviría casi feliz. Grandes ventanales, su lugar de laburo amplio, ventilado y radiante. Aquí, ya a las 8 comenzaba a revisar lo del día, lo que en la noche anterior había anotado en un cuadernito. Yo aparecía y me señalaba todas sus tareas del día: huevaditas. Lo importante, era que comenzaba a leer (lo hacía con una rapidez  impresionante). Después, le daba a las páginas de una novela o cuento que pasaba por su mate. Esto, siempre lo conversábamos y le dábamos vuelta a las diferentes situaciones que le iban ocurriendo. Cambiábamos alguna circunstancia o discutíamos por un título. Cercano al mediodía, pasaditas las 12, separados cada uno por sus “obligaciones”, sentía un grito profundo “Juancaaaa”, temeroso de algo grave me asomaba a su escritorio y lo interpelaba “qué pasa boludo” (nuestro trato cotidiano era muy educadito) y él me decía amablemente “¿viste la hora? Son más de las 12.30”. Espantado, corría al bar para preparar un par de wiscachos muy suaves, pero alentadores; los que escanciábamos escuchando un tango y hablando pavadas.  Su primera llamada telefónica era para su esposa, Luisa  Percker, de quien se había separado hacía ya rato (por la tarde la llamaba otra vez; esto, todos los días). Y continuaba la cotidianidad; él, después de una severa siesta y yo ídem a la parrilla. De nuevo con los ojos abiertos, alguna película antes de irnos al Hemingway a encontrarnos con los habituales. Por las noches “una de las buenas” en TV, que casi siempre eran muy malas. Entonces, agarrábamos las de Cantinflas… y ahí sí.

Al día siguiente, lo mismo; salvo a algún taller invitado por Muzzio o corríamos a acompañar a amigos que presentaban un libro o también a Ceibo, a celebrar alguno de él. Gran laburante este Poli. Flor de convivencia de cuatro años. Lo extraño todos los días. Boludo.

De los últimos años con el Poli

 

Juan Camilo Lorca